Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 20 de mayo de 2011
En el parágrafo 39 del Libro XXVIII del Ab urbe condita, de Tito Livio, tenemos el discurso que los embajadores saguntinos pronunciaron ante el Senado Romano como agradecimiento a lo que Roma, encarnada por el joven y extravagante general Publio Cornelio Escipión, de largos cabellos que le llegaban hasta los omóplatos, había hecho por ellos. A la sazón existía la campaña electoral que llevaría al consulado al propio Publio, famoso por sus sueños nocturnos premonitorios que por la mañana contaba a sus soldados como relatos de conversaciones con el más allá. Y los saguntinos querían dar un empuje de prestigio al candidato con el relato de sus atenciones leales y patriotismo en la mitad de la campaña electoral.
Lo que más llama la atención en este discurso son los terribles odios cervales que existían entre los distintos pueblos que configuraban Hispania. Odios mucho más fuertes que los que tenían los hispanos a los propios romanos y cartagineses. Es así que los saguntinos recuerdan que fueron los túrdulos la causa de la segunda guerra púnica al venir Aníbal contra Sagunto por defender inconsciente los derechos inicuos de los túrdulos, seducido con mentiras por su propia mujer hispana. Y agradecen a Escipión que casi aniquilara a la odiada Turditania, y que en ese momento los saguntinos cobrasen un alto tributo anual de los turdetanos que les resultaba tan grato por lo que tenía de venganza como por su interés material. Es evidente que si aquellos gérmenes de España hubiesen odiado más a los invasores que a sus vecinos de la Península jamás Cartago ni Roma habrían conquistado la vieja España. Pero odiar al prójimo y amar al forastero, aunque sea nuestro invasor, es algo mucho más fácil en España que amar al prójimo y odiar al forastero invasor. Con todo, divididos en cien pueblos hostiles entre sí, los españoles resistieron al romano durante 200 años, cuando a César le bastaron seis años para conquistar la Galia. Pero César nos dejó brillantemente explicada su rápida invasión debido al carácter galo: “Nam, ut ad bella suscipienda Gallorum alacer ac promptus est animus, sic mollis ac minime resistens ad calamitates perferendas mens eorum est”. Ahí está la vida del degenerado francés Strauss-Kahn.
¿Hemos superado ya el odio que se tenían los antiguos pueblos prerromanos en la actual España, después de quince siglos desde la monarquía visigótica? Pues a tenor de algunas declaraciones de dirigentes regionales diríase que no. Así, los actuales caudillos mastienos tachan de insolidarios a los oretanos por no querer trasvasar el poco agua que discurre en la árida Oretania. Los caudillos laietanos, lacetanos y ausetanos se niegan a subvencionar lo que ellos llaman pigricia y desidia seculares de los turdetanos y conios ( con excepción de los emprendedores bastetanos ). Los fanfarrones régulos de los autrigones, caristios, várdulos y vascones exhortan a sus vecinos a no mezclar su dorada sangre con la sangre bastarda de los demás hispanos. El nuevo Corocotta de los cántabros se siente aislado al abrirse nuevas vías férreas entre los carpetanos, por una parte, y los ártabros, galaicos, pésicos, astures, várdulos y vascones, por otra, dejando a los tamáricos, vadinienses, concanos, orgenomescos, aurinos, coniscos, velegienses y morecanos desconectados de la alta velocidad. Los laietanos prefieren que gane al fútbol cualquier factio de allende los Pirineos que la factio albata de la Carpetania. Los trabajadores beturios ganan la mitad que los trabajadores carpetanos y vascones. Todos los pueblos hispanos, en fin, han entrado en una guerra a muerte por el pasivo con sus bonos patrióticos. Los indiketas, ausetanos y laietanos increpan amargamente a los ilercavones, edetanos y contestanos por votar a caudillos ladrones, corruptos y prevaricadores.
Igual que los fuertes latidos de un corazón convulso, los pueblos hispánicos siempre se han movido entre el centrifuguismo suicida ( diástole ) y el centripetismo asfixiante ( sístole ). Sin duda estamos ahora al final de la diástole. Pues bien, el Movimiento juvenil 15-M, si no es prostituido por los intereses bastardos de los partidos, podría ayudar a unificar los más nobles anhelos comunes de todos los pueblos hispánicos, y de este modo hacerlos realidad. Los viejos y decrépitos partidos, enhebrados hasta los tuétanos de corrupción, robo, crímenes e inmoralidad, herméticos como una secta y rígidamente jerarquizados, ya no sirven para encaminar a los pueblos de España en una única dirección solidaria. Ya son sólo los siniestros grupos que han acompañado siempre nuestra historia cainita; los que asesinan las grandes esperanzas de Viriato o Mandonio, dos grandes españoles matados por españoles, y patrimonializan – esto es, roban – la Administración del Estado como una gran finca particular. Ya no hay autonomía o ciudad grande libre del desafuero de los partidos. Ya no queda ninguna forma de crimen, desenfreno o codicia que nos hayan ahorrado los hombres de partido. Y hace mal la derecha liberal en ver con cierto desprecio y aversión la indignación del pueblo en las calles, aunque no pasen de ocho o nueve mil personas. Y a pesar de que este movimiento haya querido ser manipulado al final por arcaicas ideologías de izquierda momificadas, nadie puede poner en duda el origen espontáneo, noble y gratuito de este movimiento, y la razón sobrada que tienen muchos compatriotas para salir a la calle e indignarse contra la incapacidad manifiesta de los que tan torpemente están pilotando la nave del Estado, aunque Alceo ya no se dé en los institutos.
Lo milagroso es que el pueblo no haya salido a la calle antes. Son tantas y tan grandes las calamidades que sufre España que deberíamos celebrar un lectisternio y ceremonias expiatorias.
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