Pepa Echanove | Sábado 21 de mayo de 2011
Pongamos una palabra en la lengua de Goethe que, además de bonita por su significado y sonoridad, es fácil de comprender y de pronunciar: ‘Kindergarten’. La última iniciativa popular que se ha llevado a cabo en la Suiza alemánica ha puesto sobre las urnas la pregunta de si ‘sí’ o ‘no’ será obligatorio el uso del dialecto en el jardín de infancia, alias ‘Chindsgi’ (pronunciado ‘kinski’, tenga usted aquí la primera lección de ‘schweizerdeutsch’).
Han ganado los del ‘sí’ principalmente en las ciudades de Zúrich y en Basilea, con el SVP, el partido de las ovejas negras y de los minaretes todavía más negros, como abanderado de la propuesta. La paradoja es que en estas dos ciudades, como en casi todo el país, especialmente en los núcleos urbanos, uno de cada tres ciudadanos es extranjero. Sólo participó en el referéndum un tercio del electorado y la mayoría se lo llevó con el 53,9% de los votos. Lo importante es que se ha dado razón a los que quieren desligarse cada vez más del ‘hochdeutsch’, es decir del alemán que hablan sus vecinos de Alemania y de Austria, el que aprendemos (¡y nuestro trabajo nos cuesta!) en el resto del mundo. Algunos ven en ello un claro signo de desprecio al ‘invasor alemán’, otros restan importancia al asunto diciendo que se trata simplemente de preservar la cultura autóctona.
La reglamentación existente desde el año 2009 permitía a los enseñantes hablar un tercio del tiempo en suizo-alemán, un tercio en alemán y el tercio restante como ellos quisieran, durante los dos años de pre-escolar. Esta regla no ha servido para tranquilizar a los que temen que el ‘hochdeutsch’ remplace y mate en definitiva al dialecto. Más que un debate pedagógico sobre los retos del aprendizaje de dos lenguas (si el suizo-alemán tiene o no categoría de lengua, que lo digan los académicos y los lingüistas), se trataba de una cuestión de fondo que incluye el miedo a la inmigración alemana y la pérdida de la identidad. Algunos consideran que el abandono paulatino del uso del dialecto en la escuela se debe al aumento de alumnos extranjeros en las clases, lo que ha obligado a ceder en el uso del ‘hochdeutsch’, de lo cual ahora se están arrepintiendo.
El resultado del referéndum plantea, sin embargo, otro problema en el resto de la Confederación Helvética, dado que en la parte francófona y en la italiana se viene enseñando el alemán como segunda lengua, en opción _no menos cargada de polémica_ con el inglés. Ya se sabe lo proteccionistas que son a este lado de los Alpes. Los detractores de esta iniciativa argumentan también que los pequeños tendrán más dificil a partir de ahora seguir el programa didáctico en la primaria, que se realiza exclusivamente en alemán.
La realidad es que cuando el tema de las lenguas, hablas y dialectos se instrumentaliza como bomba política, más vale ser políglota o sino hacerse con un buen fondo para invertir en cursos y en diccionarios. Si hay que adaptarse, nos adaptamos. No en vano yo me trago desde mucho antes de celebrarse este referéndum las interminables reuniones de la comunidad de propietarios en ‘schweizerdeutsch’, como también los villancicos navideños, las noticias del canal de televisión local, la clase de pilates, algunas inoportunas conversaciones de pasillo en la oficina, el comentario sobre el tiempo con la vecina o el monólogo de un desconocido en el tranvía. No temo, por tanto, recibir ahora las instrucciones del ‘Chindsgi’ relativas a la fiesta de fin de curso de los niños. Todo sea por los ‘Kinder’.
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