Miércoles 25 de mayo de 2011
Tomar la palabra ante la Cámara de Representantes norteamericana es un honor reservado a muy pocos. Señal inequívoca de que Israel es uno de los más fieles aliados de Estados Unidos, fue la intervención ayer tarde de Benjamín Netanyahu, dirigiéndose a los congresistas estadounidenses, quienes le interrumpieron con sus aplausos permanentemente. Netanyahu, gran conocedor de los lobbies de Washington, hizo un discurso muy “americano”, dejando a un lado su vertiente más dura pero sin renunciar a una serie de postulados innegociables: la no partición de Jerusalén y la imposibilidad de volver a las fronteras de 1967.
Netanyahu sabía que Obama y él no están actualmente en la misma sintonía a propósito de la cuestión palestina; de ahí su tono envolvente para con los congresistas. Emulando a su rival Arafat, diera la impresión de que el mandatario israelí hubiese subido a la tribuna de oradores con la rama de olivo en una mano, pero sin soltar la UZI en la otra. Porque suena bien lo del reconocimiento del estado palestino y el interés por retomar el proceso de paz. Pero si, acto seguido, se invoca el derecho divino para reivindicar “las tierras de nuestros padres” se corre el riesgo de enquistar aún más un conflicto que dura ya demasiado. Lo cual, además, es una forma bastante tosca de referirse a algo tan carente de sentido como la política de asentamientos impulsada por Netanyahu desde que volvió al poder. La paz se construye con hechos y no con sofismas y declaraciones cara a la galería. Por muy receptiva que ésta sea.
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