Alicia Huerta | Miércoles 25 de mayo de 2011
Llueve sobre mojado para los vecinos y los comerciantes de la madrileña Puerta del Sol. Ellos no han podido limitarse, como hemos hecho la mayoría, a “emitir su voto” acerca del autoproclamado Movimiento 15M, para luego, pasada la novedad y las elecciones, volver la vista hacia otro tema de más actualidad. En la época en la que vivimos, pocas cosas hay capaces de durar más de una semana como asunto merecedor de los cincuenta segundos en los que nuestras mentes hiperactivas o hiperhartas de todo, tardan en identificar un titular como merecedor de una lectura en profundidad.
Pero para quienes viven y trabajan en Sol, el trending topic de la semana pasada sigue marcando de forma absoluta sus vidas. Ya quisieran ellos haber podido olvidarse del tema después de dar su opinión, cuando encima la herida sigue abierta, mientras que sus balcones, ventanas, escaparates y puertas han de permanecer cerradas. Y llueve sobre mojado, además, porque aún estaban bajo tratamiento para superar el recuerdo de la inmensa obra que socavó las profundidades del kilómetro cero y, de paso, sus cajas y su paciencia. Más de tres años duró y aún andaban sacándose de encima el polvo, cuando su acristalado tragabolas, símbolo del resurgimiento de la plaza más céntrica de todas, se llenó inesperadamente de moradores de estética neohippy e ideas revolucionarias.
Los demás, con el cuidado debido, han proclamado sus preferencias o, si quieren, han “votado” a favor o en contra del movimiento, mientras que ellos, los inquilinos legítimos de ese especial trozo asfaltado de la capital, lo único que han querido desde el principio es que el movimiento se moviera y que se fuera por donde había venido.
“Simpático”, han opinado muchos sobre el campamento cíngaro de Sol, porque allí se han atrevido a aclamar al cielo, al infierno, o a los micrófonos de televisión, lo que muchos piensan acerca de los políticos, los banqueros y, en general, sobre todos aquellos que manejan los hilos. Que son una panda de desalmados que sólo buscan un beneficio cargado de ceros y que, además de inmorales, son unos ineptos.
“Antipático”, han declarado otros, sin miedo a que les tachen de políticamente incorrectos, porque han visto en estos jóvenes nada más que nebulosas ideológicas traducidas en creativas pancartas que no se sostienen ni con veinte años recién cumplidos. Y se han asustado, además, al ver que allí se increpaba a los periodistas que no eran de su cuerda, a la vez que seguían proclamando que en su campamento cualquiera era bienvenido.
Para el comerciante o el vecino, las cosas no han sido tan sencillas en el kilómetro cero desde el minuto cero. Los quiosqueros, porque a ver quién era el transeúnte despistado que lograba encontrar, entre tanta tienda de campaña, huertecillo ecológico de espinacas o pancartas multicolores, el lugar en el que recordaba comprar cada mañana el periódico o la revista. Y rodeado de personal que solo lee en pantalla, tener que llegar dos horas antes para hacer un caminillo que le permita encaramarse a su trabajo y salir también dos horas antes para que no le pille la asamblea de las ocho, cuando la cosa se mete más en su salsa, además de producir pérdidas entorno al 80%, empieza a pesar demasiado en el alma. Y qué decir de los demás quioscos. En el de la lotería, ya no se reparten sueños ni suerte; y en el estanco, el único tabaco que se vende es del que se lía y al Winston y al Marlboro se les han empezado ya a amarillear las hebras.
También vende menos la famosa pastelería de las napolitanas de crema que parecen deshacerse en el paladar, menos aún la heladería italiana y a los de Fast food, ni mirarlos, menudos son esos, estandartes repletos de calorías del capitalismo maligno. ¿Es que estos chicos no comen? Claro que sí, pero los bocatas, en su mayoría, llegan en cubos directamente de las cocinas de los chinos que, como siempre, copan el mercado, como si el de China no fuera un régimen capitalista y, encima, de los que ni en sueños se consentiría una acampada así, digamos, por ejemplo, en la Plaza de Tiananmen. ¿O hay alguien que lo duda?
Los comerciantes de Sol esperaron sin chistar una semana, aunque algunos de ellos dicen que sí que chistaron pero que a nadie le importaba. Que eran lo contrario al trending topic, que sus quejas eran la muestra del cutre capitalismo que sólo mira la perra. Así es que se desahogaron entre ellos. Total, pensaron, en cuanto pasen las elecciones se marcharán. Pero el caso es que siguen allí, rodeando el igloo que cada día escupe y engulle viajeros, que ahora ya pasan por la Plaza sin detenerse, a paso ligero, escapando de aquel follón humano que lo ha okupado todo. Lo visto, ya está visto. Ya ni siquiera hay teles, y es de suponer que los reporteros más “castigados” que cubrieron el “evento” se habrán tomado unos días de descanso o están de baja por estrés.
Una asamblea de las muchas celebradas en Sol se apiadó, por fin, de los comerciantes, y del altavoz que suena a todas horas, agotados por cierto los tapones de silicona para los oídos en las farmacias cercanas, pidieron a los “suyos” que retiraran las pancartas que impiden la entrada a los comercios. Pero solo en el caso de los pequeños, advirtieron con frialdad. Cortefiel, El Corte Inglés, etc, igual que la Fast food, castigados.
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