MIRADA ESCOLÁSTICA
Domingo 29 de mayo de 2011
Es que uno no sale de su asombro tras leer un reportaje de N.Y.T. sobre la vida sexual de los directivos y trabajadores del todopoderoso Fondo Monetario Internacional. Resulta que el comportamiento rijoso del viejo verde Dominique Strauss-Kahn, presunto violador y secuestrador de una trabajadora guineana, no sólo no es un hecho excepcional en el marco de esa organización internacional que es el Fondo, compuesto por 2.400 empleados repartidos en dos enormes y majestuosos edificios de Washington, sino que son aberraciones epifenoménicas consustanciales con el clima calenturiento nouménico ( perdona, Kant ) de esa Organización supranacional, que pone firmes cuando quiere a tantos temerosos gobernantes de pueblos a los que se insta a hacer dietas despiadadas anticalóricas. Pues ocurre que a ninguna empleada del F.M.I. se le ocurría ir a trabajar con falda por miedo a que el cerdo victoriano del boss de turno le metiera mano con absoluto descaro y desparpajo sin miedo a denuncia alguna, que iba a ser archivada sin remisión y sin remisión se iba a ir la empleada acosada a la calle. El mencionado reportaje del NYT describe una selva en efervescencia erótica, convulsionada y trajinada por directivos locos y salidos, gorilas enfermos de satiriasis y altas dosis de estimulantes venéreos, persiguiendo a numerosas hembras apetecibles que más que a trabajar iban a sobrevivir del incesante acoso sexual de los grandes machos alfa, reyes de las finanzas de la Tierra.
Es verdad que ninguna institución humana si se la examina a fondo, aunque sea un convento de ursulinas o un monasterio de trapenses, puede ser calificada totalmente de santa, pero es que el F.M.I. no es que no fuera una “conditio sancta”, sino que era ya un “brothel” de alto status.
Hubo un tiempo en que las grandes instituciones humanas estaban lideradas desde un espíritu caballeresco y heroico. Era el tiempo en que las Humanidades formaban parte del bagaje cultural del genio, que cuando estaba al frente de una excelsa institución tenía siempre algo de caballero andante. Aquel heroísmo caballeresco se sublimaba en la obra bien hecha, y no se licuaba en los placeres de baja estofa. Todo caballero andante llevaba vivo, debajo de su extremosidad ( v. gr. los firmantes de la Declaración de la Independencia Americana ), un tanto retórica, un tanto afectada, no a un gran héroe, sino al prototipo del héroe, bordeando a veces, por su vertiente externa, el ridículo ( v. gr. Hamilton ), pero bordeando también, por su vertiente profunda, la más pura y exaltada ansia de superación ( el mismo Hamilton ). El instinto de la superación, el instinto de los héroes, supone la renuncia, cada vez que sea necesario, a los instintos más bajos. El miserable Strauss-Kahn no es un héroe, efectivamente, pero su condición de padre de cuatro hijas le podía haber ayudado a poseer cierta mínima sensibilidad y respeto hacia el bello sexo.
Debajo de la áurea majestad y el soberbio protocolo por donde circulan los grandes, no podemos olvidar jamás que se esconde el barro humano y, a menudo, infrahumano. La grandeza nunca cambia la naturaleza humana; al contrario, patentiza y revela en todo su esplendor mejor la perversa.
Ahora bien, los grupos humanos exentos de cualquier brizna de moralidad, ¿pueden realizar acciones moralmente buenas; es decir, justas? Difícilmente. Si no hay armonía entre la moralidad privada y la moralidad pública tampoco hay justicia. No puede haber justicia allí donde los ideales del bien púbico tienen que conjugarse con la más aberrante transgresión del respeto a la dignidad esencial de los demás. Y si alguien niega esta incompatibilidad es un cínico criminal, como presuntamente lo es el político francés de origen judío, que por esta última circunstancia también desdora el nombre de un pueblo y una religión, que son uno de los mayores ejemplos del valor y la dignidad humana, la primera religión que entendió al hombre como imagen ( eikôn ) de Dios. E imagen de Dios es la trabajadora guineana maltratada y vejada del lujoso hotel de Manhattan. El pueblo judío también trajo al mundo los Diez Mandamientos, que han sido como marginados en Occidente y que, en algunos sitios, como en esta triste España de Zapatero, se ha prohibido incluso su enseñanza. Entendemos ahora que haya ya niños, adolescentes y jóvenes que ya no sepan distinguir el bien del mal. El futuro está cargado de Strauss-Kahnes aún más peligrosos.
Y sabiendo que los hombres somos de barro, que toda la antropología y la historia de la Humanidad dan abundantísimas y sobradas pruebas sobre la muy fundada desconfianza que los hombres tenemos que tener hacia aquellos envestidos de poder, los griegos, el genio griego, creó la Democracia, como forma de instaurar políticamente esta salvadora desconfianza antropológica hacia todo hombre con poder. Platón llamó en Las Leyes al poder “enfermedad de los reyes”, porque todo poder humano provoca inevitablemente un “nósêma”, es decir, una enfermedad peligrosísima ya perfectamente diagnosticada por la Democracia. Sólo la Democracia puede curar de esta enfermedad. Sólo la Democracia nos hace soportables a “los enfermos”, aquellos que van desde Don Juan Carlos I hasta el último alcaldillo del pueblo más modesto y pequeño. ¿Es mejor Strauss-Kahn que los demás hombres con poder? En absoluto. Lo que ocurre es que el F.M.I. no se rige por la Democracia que hubiera curado a Strauss-Kahn hace ya tiempo de la “enfermedad de los reyes”. Strauss-Kahn no sólo es un desagradable viejo rijoso, es también la encarnadura perfecta de todo poder humano sin control. Y como ya dijera el segundo stásimon de la Antígona, de Sófocles, es nuestra falta de control lo único que nos diferencia con los dioses. No el poder. La Democracia debe entrar en el F.M.I.
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