Opinión

Rubalcaba: cara vieja, ¿ideas nuevas?

Javier Zamora Bonilla | Martes 31 de mayo de 2011
La tercera acepción del Diccionario de la Real Academia Española define “viejo/a” como “antiguo o del tiempo pasado”, y la cuarta como “que no es reciente ni nuevo”. Son éstos los sentidos con los que califico a Alfredo Pérez Rubalcaba de “cara vieja”; podría añadirse también: experimentada y sabia, que son características frecuentes, aunque no consustanciales, de lo viejo. La cuestión es si el conocimiento del pasado le permitirá al nuevo cártel electoral del PSOE auscultar la sensibilidad de los nuevos tiempos, que en parte se refleja en Sol, pero no sólo, y preparar un programa que realmente responda a las necesidades de los ciudadanos y que permita conectar al PSOE nuevamente con ellos.

El Partido Socialista tenía diversas opciones para resolver la crisis de creciente desconexión con la ciudadanía. Podría haberse optado, como se hizo cuando Zapatero ganó a Bono la secretaría general del partido, por una renovación generacional, pero lo cierto es que las cabezas visibles que podrían llevarla a cabo (Carme Chacón, Leire Pajín, Bibiana Aído, Eduardo Madina, por citar algunos nombres conocidos) están totalmente implicados en las políticas que han propiciado la situación en la que están la economía y la sociedad española. Zapatero ha quemado (aunque con responsabilidades incendiarias compartidas) el prestigio de su propia generación (José Blanco, José Antonio Alonso, Trinidad Jiménez, Juan Fernando López Aguilar, Jesús Caldera) y el de la siguiente, de ahí que no resulte extraño que Alfredo Pérez Rubalcaba, un hombre que estuvo en los Gobiernos de Felipe González, aun siendo corresponsable de las políticas del Gobierno de Zapatero, se haya convertido en el referente para intentar ganar las próximas elecciones generales o, lo que es más probable, paliar los efectos de unos resultados que se prevén malísimos si siguen la línea marcada por las elecciones municipales y autonómicas del pasado 22 de mayo.

El resultado de éstas no es la causa de la crisis del PSOE, sino el síntoma que ha evidenciado un problema que se veía venir. Hace más de un año le decía a una exministra de Zapatero que éste no sólo iba a perder las elecciones sino que iba a dejar al Partido hecho unos zorros. Así es. En gran parte, el problema tiene como causas los efectos que la crisis económica está provocando en la sociedad y la cerrazón de expectativas con que muchos ciudadanos ven el futuro. En esto, no hay gran diferencia con lo que está pasando en otros países europeos y en Estados Unidos, como muestra el castigo electoral que reciben los gobiernos, sean de derechas o de izquierdas, que están gestionando la crisis en cada país. Mas es un error en que Zapatero se empecina y que convendría corregir rápido el de pensar que sólo las consecuencias de la crisis económica están detrás de la desconexión de la ciudadanía con el PSOE. Ha habido políticas erráticas, improvisaciones insensatas y propuestas de calado que afectaban a temas muy serios como el reparto competencial o los acuerdos con ETA para poner fin al terrorismo que se han alentado sin tener muy claro adónde se iba y sin saber medir las consecuencias que podía provocar su fracaso.

El Gobierno de Zapatero, además, y quizá es ésta la principal crítica que puede hacérsele, no supo o no quiso, en tiempos de bonanza, dar un giro a la política económica para construir una verdadera sociedad del conocimiento, aunque se dieron algunos pasos, por lo general timoratos en los objetivos. Es lo que Jordi Sevilla ha definido en una magnífico artículo publicado hace unos días en El País como “la utilización pasiva de un modelo económico enfermo” (“En horas difíciles”, 24-V-2011). El escueto pero preciso análisis que Sevilla hace de la segunda legislatura de Zapatero es realmente lúcido: “El poder político –escribe– empieza a ser entendido y practicado entonces, desde el Gobierno, como un juego de sombras chinescas donde la apariencia predomina sobre la realidad, la emoción sobre la razón, el símbolo sobre la pedagogía y la sorpresa permanente sobre el proyecto conocido y trabajado”.

Zapatero quiere ahora conservar la potestas, aferrándose al cargo de secretario general del PSOE, cuando ha perdido la auctoritas dentro del Partido y posiblemente también dentro del Gobierno. Por mucho que Rubalcaba tenga que decir en público que no le importa la bicefalia, está claro que si quiere conseguir un digno resultado electoral debe ser él quien empuñe el timón del Partido y del Gobierno, porque las políticas de Zapatero repercutirán sobre el candidato. De ahí que a Rubalcaba no le quede otro remedio que tomar las riendas, aunque nominalmente Zapatero siga al frente, para construir un nuevo proyecto con nuevas ideas. El problema, dicho sea de paso, no es sólo español, sino que, como dijo hace ya unos años en un espléndido artículo el tristemente desaparecido historiado británico Tony Judt, hay algo muerto en la socialdemocracia europea. Hace falta conservar todo lo que está todavía vivo y vigente, reactualizarlo y modernizarlo, pero enterrar todo lo que está muerto e idear un nuevo futuro en el que de verdad se den respuestas a las cuestiones de nuestro tiempo.

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