Opinión

El drama del pueblo sirio

Viernes 03 de junio de 2011
La situación en Siria empeora cada día. Desde que estallaron las protestas el pasado 15 de marzo, más de mil personas habrían perdido la vida. A ello hay que sumar la brutalidad -torturas incluidas- de la que están haciendo gala las autoridades de Damasco a la hora de reprimir a quienes únicamente piden democracia. Hay incluso imágenes de militares golpeando hasta la muerte a un niño y atrocidades semejantes. Con este panorama, cabe preguntarse a qué esperan Rusia y China para dar su brazo a torcer en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y poner en su sitio a un régimen tan execrable.

Junto con Irán, Siria sostienen a una organización terrorista como Hizbolá, cuyos esfuerzos se alternan entre el hostigamiento a Israel y el copar todo el poder posible en Líbano. Es precisamente en este país donde Siria ha llevado a cabo una injerencia tan explícita como perjudicial para los propios libaneses, que han tenido que asistir impotentes en más de una ocasión cómo su país se convertía en un campo de batalla donde sirios e israelíes dirimían sus diferencias. La implicación de Siria en asuntos terroristas desde hace bastante tiempo es un hecho constatado. Posiblemente, de haber una democracia real, eso cambiaría. Del mismo modo, un régimen que no fuese el sustentado por el partido Baaz -el mismo que el de Sadam Hussein en Irak- y sí por formaciones con postulados más racionales optaría por el entendimiento con sus vecinos en lugar de la confrontación. Como puede verse, tanto en el plano exterior como en el doméstico, Bashar al Assad acapara un cúmulo de fechorías que por sí solas bastarían para enjuiciarle por toda suerte de delitos. Lo ideal es que esto sucediese antes de que sus tropas acaben de masacrar a su propio pueblo.

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