José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 03 de junio de 2011
Como casi siempre, los antiguos tenían razón: es mejor la sabiduría que el oro. En el tramo final de una existencia, hèlas, ya de varias décadas, pocas veces el cronista ha visto un rostro inundado de mayor alegría que el de una anciana marteña al ponderar los prodigios língüísticos en el idioma de Shakespeare de su nieta de nueve años. La confidencia extemporánea del articulista resulta en este caso un punto explicable. La mujer en cuestión ha sido analfabeta hasta ha un lustro –tiene ahora 80 años- y habita en el solar quizá más profundo de la España profunda, es decir, el divisado desde la altiplanicie del lugar en que muy pronto hará ocho siglo Ibn al-Ahmar fundara la dinastía nazarí. Cuando la señora recién alfabetizada vino al mundo, batía los records peninsulares de la exclusión social debido a su excruciante tasa de población absolutamente iletrada.
Por inmensa fortuna, tan terebrante página del territorio que presenciara uno de los fastigios del arte ibero pertenece hodierno por entero al pasado. El esfuerzo sostenido de los últimos regímenes y administraciones logró en el tránsito del siglo XX al actual lo que para generaciones no muy lejanas semejaba un milagro. Este admirable esprit de suite vuelve a repristinar las enseñanzas de los clásicos. En efecto, la concordia propicia el triunfo de las causas más nobles. En libros convertidos en best-sellers de la literatura historiográfica más difundida y de los que, a las veces, se desprende cierto tufillo banderizo si no sectario, esta zona del Jaén profundo también se encarama a la cabeza de la doble represión –republicana y franquista- que se enseñoreó de tan impactante paisaje en los días de la última locura colectiva padecida por los españoles en su historia contemporánea. Pese al envidiable talante de la restauración democrática, a la bonanza social y económica de los tiempos en que ésta se consolidase, al consumismo y hedonismo imperantes en la mayor parte de los estamentos, las heridas provocadas por una contienda que, en ocasiones, registró en su geografía las cotas más elevadas de su terebrante crueldad, no se han restañado por completo en ella. El odio y el rencor pertenecen todavía, por desgracia, al patrimonio anímico e ideológico de algunos de sus habitantes.
Habrá, sin duda, que dejar al tiempo -remedio indeficientemente infalible- hacer su trabajo. Mientras tanto, cuando la llegada de una “nueva” civilización parece estar, según el diagnóstico, a menudo tan infirme, de los sociólogos, a la vuelta de la esquina, es claro que el ejemplo de la vivaz y en extremo cordial y simpática heroína de unos renglones apresurados y asaz volanderos llama fuertemente a la esperanza. Sólo los espíritus teratológicos estudian y se afanan por el saber al servicio de objetivos condenables. La conquista de la lectura y de “las cuatro reglas” es para los adultos analfabetos que realizan tal hazaña, la ganzúa que les abre la puerta a la materialización de los sueños más, a la vez, recatada y compulsivamente albergados. De aquí a unos años, en el instante en que nuestra abuela frise la antaño mítica cumbre del centenario y su muy aplicada e inteligente nieta corone –(si es que para entonces no se haya impuesto una “discriminación positiva” a favor del varón en cierta carreras y oposiciones…)- la meta de la judicatura o la cátedra de anglística, probablemente nuestro país -¿existirá? (escrita las presentes líneas simultáneamente a la entrada masiva de Bildu en los ayuntamientos de Euskadi)- se halle en un escenario en el que no sea y posible contar historias como la relatada. De ella, desde luego, se desprenden, no obstante la torpeza del narrador, no pocos mensajes. ¿Será, acaso, por ventura, uno de los más señalados el de la herencia positiva legada por la continuidad superadora de inercias y parcialidades?
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