Opinión

Tríptico político. Tecnocracia planetaria

José María Herrera | Sábado 04 de junio de 2011
Cristo enseñó que el hombre debe trascender la historia para salvarse. La Iglesia Católica, al transformar el teocentrismo en teocracia, adulteró su mensaje. La reacción contra la burocratización eclesiástica de la fe dio lugar a los tiempos modernos. El pensamiento moderno no fue sin embargo anticristiano. La prueba es que se limitó a secularizar sus conceptos fundamentales -el hombre es un ser libre que responde por sus actos, el individuo es irreductible a la sociedad, la historia constituye un espacio de alienación, etc.

La teocracia católica fue atacada de diversos modos. Primero, mediante la reivindicación de las diferencias nacionales, proceso que condujo a la idea de estado nacional, una sustancia política formada por el poder ya constituido, la monarquía, y un poder constituyente que no había existido antes, pero que ahora se afirmó como tal: el pueblo soberano. Segundo, mediante la disolución de la ley natural, común a todos los hombres, en la ley positiva, propia de cada pueblo y fruto del pacto que llevó del estado de naturaleza a la sociedad civil. Tercera, mediante la revisión de la imagen de la naturaleza heredada de los griegos, operación que acabaría con el concepto de universo cerrado y de la ciencia como actividad estrictamente contemplativa.

Al mismo tiempo que el Estado nacional, fruto de la conjunción de territorio, lengua y ley, recuperó las ideas griega y romana de ciudadanía política y ciudadanía jurídica, la preeminencia de la ley positiva sobre la ley natural convirtió la igualdad proclamada por el cristianismo en un ideal sin sustancia. Esto tuvo consecuencias notables (la recuperación de la esclavitud fuera de los territorios europeos, por ejemplo), pues los derechos quedaron de facto vinculados a la nacionalidad y lo han seguido estando pese a que el ideal de fraternidad humana resurgió con la Ilustración, movimiento que reinterpretó la visión cristiana de la historia como espacio de alienación y sustituyó la promesa divina de redención por la fe en el progreso.

Comunismo y capitalismo representan las dos formas antagónicas que tuvo el pensamiento moderno de concebir ese progreso. Soñando con una organización moral de la sociedad, el primero idealizó la política y condujo al totalitarismo. El segundo, al asociar progreso y dominio material, ha convertido la política, como praxis social, en algo subsidiario.

La supremacía del modelo capitalista está estrechamente ligada a la evolución de la ciencia moderna. Aunque en sus principios la ciencia empezó reivindicando la experiencia, su destino la ha llevado a recusar cualquier experiencia que no coincida con el orden objetivo que ella ha generado. Dado que a un máximo de objetividad corresponde siempre un mínimo de significado, el desarrollo de la ciencia y la tecnología unida a ella ha ido relativizando las distintas tradiciones culturales. Fruto de ello es la actual crisis de valores. Aunque en el plano personal esa crisis ha supuesto un turbador vaciamiento, socialmente la falta de valores no ha producido ningún vacío, pues el lugar que ellos ocupaban lo ocupa ahora la organización, equivalente político de la objetividad, un poder respecto del cual todos podemos sentirnos Gregorio Samsa.

El avance tecno-científico inherente al capitalismo es la causa de lo que hoy denominamos “globalización”. La globalización es el fenómeno de la disolución de los límites, externos e internos. Aunque este proceso resulta visible principalmente en el orden económico, se despliega en todas direcciones. Frente a él, la política, estrechamente ligada aún a la idea de soberanía nacional, parece un vestigio anacrónico. Por encima de las decisiones particulares de los pueblos, incluso de los más poderosos, se impone una lógica que no sólo escapa a cualquier control moral, sino que recusa de antemano su posibilidad en nombre del conocimiento objetivo. Podría decirse que mientras que el hombre sigue alienado en la historia, la ciencia la ha trascendido.

Las comunidades en las que están integrados los individuos y donde operan políticamente no son ya, de hecho, la comunidad de la que ahora forman parte. Esta comunidad, que podríamos llamar “sociedad planetaria”, existe efectivamente por cuanto el pensamiento tecno-científico opera sobre el conjunto de los hombres, dentro y fuera de ellos. La política, en la medida en que no llega a rozar el auténtico poder, se ha convertido, por eso, en una fuente de frustración y desconcierto. El hombre que, como decía Nietzsche, ha sustituido la oración matinal por la lectura del periódico, tiene ante sus ojos cada mañana la actualidad mundial, pero se siente inoperante respecto de ella. Aunque sea un ciudadano, es a, a la par, súbdito de una civilización en la que no es la ley la que da consistencia al todo, sino el impulso que va conduciendo de la babélica confusión cultural al mundo objetivamente planificado de la ciencia. La pretensión redentora, organizativa y sapiencial de dicho impulso revela que detrás del espíritu tecno-científico están de algún modo el mesianismo cristiano, la idea romana de civilización y el cosmopolitismo antiguo, las tres grandes negaciones históricas de la política. La cuestión del momento es si cabe oponer aún algo a una tecnocracia que ha absorbido todos los ideales o si la política, como praxis social al servicio de la organización, ha alcanzado ese punto en el que lo único que podemos hacer es desmitificarla.

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