Domingo 05 de junio de 2011
Tras su elección como candidato a la sucesión de Zapatero, Alfredo Pérez Rubalcaba inicia estos días una tournée por las diversas agrupaciones socialistas de España. Su propósito, convencer a las bases de que tiene un programa de gobierno con el que no sólo puede ganar las elecciones sino sacar a España de la crisis. Pocos discreparían de considerar al señor Rubalcaba persona inteligente y preparada, de otra talla y condición que la mayoría de sus colegas de gabinete, empezando por propio el Presidente. Lo desconcertante es que una persona de su categoría no haya abandonado un gobierno tan poco consistente hace ya mucho tiempo. Por eso, si bien casi nadie cuestiona al señor Rubalcaba su derecho a prometer lo que le plazca, otra cosa es que sus promesas tengan viso alguno de credibilidad. Y no es el caso.
Rubalcaba lleva mucho en política; como él mismo reconoce, más de tres décadas, habiendo adquirido en las dos últimas un protagonismo especial. Ello hace que su ejecutoria sea de sobra conocida, y eso es un arma de doble filo. Por un lado, su valía personal está de sobra acreditada -sobre todo, si se compara con los actuales Madinas, Aídos y Pajines-. Por otro, sus declaraciones a lo largo de todos estos años pueden empezar a pasarle ahora factura. El, que siempre había sacado pecho en lo que a democracia interna se refiere, ha aterrizado en un cargo tras conspiraciones de bambalinas y “dedazo” oficial; lo que es lo mismo, ha hecho aquello que tanto criticaba de los otros.
Además, dice que tiene un programa. ¿Y porqué no lo ha puesto en práctica durante estos siete años largos, siendo como era el hombre fuerte del gabinete Zapatero? Tiene razón José María Barreda al afirmar que la renovación del PSOE no ha de pasar únicamente por un cambio de caras. La situación del país es dramática y la del PSOE patética. Los socialistas deben abordar cuestiones programáticas más pronto que tarde y, desde luego, alguien que ha sido parte activa de todo cuanto se ha hecho durante estas dos legislaturas no parece el más adecuado para llevar a cabo cambios de ningún tipo. Ya puede vender bien Rubalcaba su programa porque, de momento, da la impresión de ser un producto tan caduco como defectuoso.
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