Lunes 06 de junio de 2011
A 18 meses de que termine el sexenio de Felipe Calderón, hay más incertidumbre que certidumbre para los ciudadanos, más violencia que paz, más desempleo que generación de empleos, más desastre que orden, no hay mucha esperanza que México esté mejor hacia el final del gobierno que preside Felipe Calderón que antes.
Indudablemente hay más libertad de expresión que hace veinte años, pero hoy corren más peligro los periodistas -por denunciar públicamente nexos de autoridades con narcotraficantes- que hace dos décadas.
Calderón prometió recuperar las calles y las ciudades para los ciudadanos y quitárselas a los delincuentes. También prometió generar empleos y en cuatro años y medio han sido insuficientes y mal pagados los empleados generados. Prometió mejorar la educación y sigue bajo el control corrupto y autoritario del Sindicato Nacional de Trabajadores para la Educación que encabeza la señora Elba Gordillo, la cual, por otra parte, no sabe hablar correctamente la lengua de Cervantes. Calderón se comprometió a combatir la corrupción y ha prevalecido la impunidad. El Presidente comprometió su palabra para luchar contra los monopolios y prácticas monopólicas, pero la riqueza mexicana sigue concentrada en muy pocas familias. México exporta petróleo, pero una parte importante de las gasolinas las importa por su refinación de Estados Unidos. La economía mexicana depende de su petróleo y del comercio con Estados Unidos, lo cual significa una doble tragedia para el desarrollo sano de sus finanzas públicas. A Calderón le han pedido muchas veces que cambie a su Secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, por incompetente, inepto y presumiblemente corrupto, y el propio presidente mexicano ha fortalecido la posición del mal llamado super policía.
Desgraciadamente, empero, la oposición no es moralmente superior al gobierno de significación panista que encabeza Calderón. Esto es una tragedia para la joven democracia mexicana. Sin embargo, la juventud mexicana es una esperanza real. La mal llamada clase política, viciada desde hace mucho tiempo, se convierte ya en una gerontocracia, denominada en México, “dinosaurios” -los priistas son los más antiguos y aferrados a los privilegios del poder- y eso ha impedido una renovación generacional necesaria para destruir viejas prácticas autoritarias y profundamente corruptas. Así pues, aunque en México hay una esperanza relativa de cambio, el tiempo está nublado, como diría Octavio Paz.
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