Enrique Arnaldo | Martes 07 de junio de 2011
¡Elecciones superadas!. El país ha soportado la durísima prueba del vendaval electoral que arrasa con todo. Los votos ya se han escrutado y repartido los escaños, como siempre. Una vez más no se ha dejado ninguno de ellos vacante a pesar del crecimiento espectacular de los votos en blanco, prácticamente la cuarta fuerza política en muchas circunscripciones. Muchos electores echaron en falta contar con papeletas blancas e inmaculadas en los colegios electorales. No se confeccionan, ni se editarán nunca, pues es entendible el temor reverencial del poder establecido a que ello sirva de estímulo o promoción del “voto a ninguno” de los contendientes, al no convencernos ninguno.
Pero por más que los acampados deseosos de publicidad hayan pretendido atribuirse el mérito deseosos de publicidad, nada tiene que ver con ellos el incremento exponencial de los votos en blanco. Este movimiento de descontentos, desclasados, automarginados, ácratas, perroflautas y antisistema –con algunos acompañantes bienintencionados e ilusos- se gusta a sí mismo y se coloca medallas que no le corresponden. El voto es un acto íntimo y personal que no es fruto de deliberaciones o decisiones colectivas, y menos aún de presuntas sugerencias de los enragés asamblearios que no se representan más que a sí mismos. Es cierto que al principio de su acampada suscitaron la simpatía que generan siempre los movimientos de protesta, pero huele progresivamente a podrido su actuación circense. Alguien igual hace algo algún día. Quizás no, porque tal vez a alguien le aprovecha, que no se haga nada. En fin, ¿quién se acuerda ya de aquella resolución de la Junta Electoral Central que no se hizo cumplir por el Ministerio del Interior?. Interesa olvidarla.
Y mientras tanto sigue el espectáculo político. De una parte se escenifica una obra en el teatro de la calle Ferraz de Madrid en la que el perdedor se ha reconvertido en resucitado tras matar al padre, del que ahora reniega para no contaminarse, si bien el que lo ha acuchillado es en realidad su abuelo, o al menos lo parece.
En el teatro de la calle Génova también de Madrid, después de siete años de sequía se ha logrado recolectar una magnífica cosecha en la que hay para todos, anunciándose además una extraordinaria para el próximo año, aunque el abuelo del otro lado, curtido en mil batallas y que como el Cid es temido hasta enfermo y renqueante, amenaza con aguar la fiesta sacando de la chistera serpentinas de porquería.
En fin, en todas las sedes de los teatros españoles los partidos políticos se han hecho con los principales papeles protagonistas y entretienen al respetable con sus cuitas repartidoras de puestos y puestecillos. De puertas para afuera todos hablan de programas y de pactos por coincidencias programáticas. El público evidentemente se lo traga pues conoce a la perfección que la política nada tiene que ver con las ambiciones personales, ni con vetos ni con venganzas, ni con disfraces o travestismos. Es un arte reservado a los bienaventurados.
Los actores de este drama escrito por libretistas sin imaginación, repiten, como si se tratase de papagayos cluecos, eso de dejar gobernar a la lista más votada, y de respetar la voluntad expresada por la mayoría de los ciudadanos en las urnas. Pero, claro, toda norma tiene su excepción. Y en política no hay más regla que de... depende.
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