Miércoles 08 de junio de 2011
La crisis sanitaria abierta por el brote de la cepa mortal de la bacteria E. Coli ha puesto en evidencia tanto a la locomotora de Europa, Alemania, como a la propia Unión Europea. Esta última anunciaba ayer, tras una tardía reprimenda al país germano por su imprudente y más que reprochable acusación inicial sin pruebas a la huerta española de su crisis sanitaria, que los agricultores españoles recibirán una indemnización de 150 millones de euros. La cifra es a todas luces insuficiente teniendo en cuenta las enormes pérdidas económicas que la actitud irresponsable de las autoridades alemanas –al menos, las de Hamburgo- ha causado a los agricultores españoles. Pero por encima de todo, la crisis del pepino ha puesto, una vez más, en entredicho el papel de la Unión Europea como supuesto garante y canalizador de respuestas coordinadas ante problemas que afectan y/o enfrentan a varios de sus países. Es de agradecer, en cualquier caso, que la UE haya hecho un ejercicio de autocrítica y haya anunciado que revisará el actual sistema de alertas alimentarias –que data de 1979- para adaptarlo a los nuevos tiempos y evitar situaciones como la vivida a raíz de la crisis del pepino.
Respecto Alemania resulta ciertamente preocupante constatar que uno de los países más avanzados del mundo sigue sin controlar una epidemia que ya ha causado 21 muertos y afecta a miles de personas. Pero más aún lo es que la gestión de esta crisis se esté haciendo de forma desordenada y con acusaciones sin base de por medio. La justificación de que se ha primado el presunto riesgo de salud pública, es insatisfactoria. Es evidente que la salud viene en primer lugar pero la alarma infundada y precipitada no ha evitado tragedias; ha causado daños de imagen irreparables e infundados, que es otra cosa. Hasta el momento, las reacciones a ciegas del Ejecutivo alemán, que continua sin saber cuál es el origen del foco infeccioso, no hacen sino acrecentar una imagen de desconcierto. El último episodio de la crisis ha sido la retractación por parte de las autoridades alemanas de las informaciones que apuntaban a una granja de brotes de soja como origen de la cepa. Por motivos de salud pública, Alemania en concreto y la UE en general deben conseguir averiguar qué es exactamente lo que está ocurriendo y cuál es su origen para evitar nuevas muertes y enfermos. Pero esta labor ha de conducirse con un rigor y transparencia que hasta el momento, lamentablemente, han brillado por su ausencia.
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