América

¿Todas putas?

La Slutwalk llega a México

Jueves 09 de junio de 2011
La Marcha de las Putas es el provocador nombre de una pintoresca manifestación que recorrerá las calles de México D.F. el próximo día 12. A pesar de la ironía y sarcasmo que impregnan a la marcha y su nombre, en el fondo de todo subyace una importante cuestión sobre el derecho de las mujeres a ser sexualmente respetadas, independientemente de la largura o estrechez de su ropa o de su promiscuidad.

¿El hecho de que una mujer vista de forma sexy y provocativa puede ser tomado como un atenuante en caso de que sea violada o atacada sexualmente? ¿El No es menos no si viene acompañado por un escote generoso o unos pantalones ajustados? ¿Tienen derecho las mujeres a vivir de forma libre y autónoma su sexualidad o, por el contrario, la que se acuesta con todos los hombres que desea tiene que aceptar hacerlo también con los que no desea? ¿El calificativo de “puta” que se asocia a estas actitudes convierte en un objeto sin derechos a la mujer a la que así se califica?

Lo cierto es que parece ser que todas estas preguntas tienen una respuesta afirmativa. Por más avanzada que se considere una sociedad, aún hay cotos que siguen manejándose con códigos que parecen sacados del Neandertal. La justificación de abusos sexuales e incluso violaciones que sufren algunas mujeres con eso de que, “en el fondo se lo ha buscado”, sigue vigente. El escándalo protagonizado por el ex presidente del FMI ha puesto sobre tapete la permisividad aún existente respecto a la actitud sexualmente agresiva de muchos hombres respecto a las mujeres. En países exquisitamente avanzados como la República francesa, las mujeres aún sufren bromas de mal gusto, insinuaciones e incluso abusos sexuales por parte de machos encorbatados que aún no entienden que por muy corta que sea una minifalda, eso no da derecho a nadie a bajar la guardia en su contención sexual.

“Así vestida no hay que extrañarse si es violada”

El diario francés Le Parisien recogía en un artículo dedicado al tema, el testimonio de una diputada socialista que comentaba que un día en el que había acudido a la Asamblea con un traje de chaqueta y pantalón y tacones, tuvo que escuchar a su paso, de boca de otro diputado, "¡Así vestida, no hay que extrañarse si es violada!". Ahí reside, precisamente, el quid de la cuestión que denuncia La Marcha de las Putas. Porque si un diputado francés se permite no sólo pensar así si no, además, expresarlo, qué no puede pasar en países donde aún impera un enorme machismo y existen unas altas cotas de violencia de género como, por ejemplo, México.

Hace unas semanas saltaba la noticia de que el alcalde de Navolato, localidad del estado de Sinaloa proponía la prohibición del uso de la minifalda para evitar los embarazos adolescentes. Ante las críticas que han tachado la iniciativa de represiva, Evelio Plata Insurza, del PRI, ha advertía de que no se puede confundir “la libertad de expresión con el libertinaje".



Obviamente no se trata de confundir ambas cosas. Y precisamente por eso más de 3.000 mujeres salieron a la calle el pasado mes de abril en Toronto en lo que fue la precursora de La Marcha de las Putas: la Slutwalk –“Slut” en ingés significa “puta” o “guarra”-. El origen de la protesta fueron las declaraciones de un policía durante una conferencia sobre seguridad civil en la Osgoode Hall Law School de Toronto, afirmando que "las mujeres deben evitar vestirse como 'putas' para no ser víctimas de la violencia sexual". A esta marcha le siguieron otras en Australia, Reino Unido y Estados Unidos y, ahora, la de México.

Culpar a la víctima de su agresión

Las marchas buscan romper el perverso hábito de culpar a la víctima de su agresión, algo bastante común en los casos de abusos sexuales y violencia de género. El tópico de que el hombre es incapaz de controlarse ante las provocaciones de una mujer –incluso cuando estas provocaciones se dan por supuestas por el mero hecho de que la mujer vista una minifalda- se ha demostrado absolutamente falso. Si vivir en sociedad nos obliga a dejar de lado la ley de la selva y controlar nuestros instintos más bajos, esto también debería aplicarse al terreno de la sexualidad.

La liberación de la mujer ha avanzado a pasos agigantados en el último siglo. Sin embargo, declaraciones como las del policía de Toronto o medidas como la del alcalde de Navolato –que también han sido tomadas en algunos municipios de Italia- siguen poniendo sobre las mujeres la responsabilidad y, en consecuencia, culpabilidad de la falta de autocontrol de algunos hombres. Por encima de tradiciones culturales o cuestiones religiosas, el hiyab cuyo uso tanto se está cuestionando en los países occidentales, no hace otra cosa que presuponer el carácter malignamente perturbador de la mujer respecto a la manipulable excitación masculina, convirtiendo, de forma perversa, al atacante en víctima de su propia víctima. Puede que suene un poco exagerado comparar la prohibición de usar una minifalda con la de obligar a una mujer a ponerse un burka, pero en el fondo, la idea que subyace es la misma: la mujer que no quiere ser tratada como una puta, debe evitar parecerlo.

Tradicionalmente, se entiende que el término puta, con sus negativas connotaciones, además de a las profesionales del sexo, define a las mujeres promiscuas, a las que disfrutan vistiéndose de forma provocativa o a las que, simplemente, disfrutan del sexo sin complejos. Adoptando ese nombre para presentarse, las mujeres de las marchas realizan un juego de ironía en el que reivindican todas las actitudes y/o actividades que, según la visión machista del sexo, las convierten en putas. Putas liberadas, orgullosas de serlo y sin complejos. Sí. Pero con derecho a ser tratadas como sujetos libres y con derechos y no como meros objetos al servicio de bestias descontroladas.

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