Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 31 de marzo de 2008
Debaten estos días los medios informativos y quienes en ellos se alojan cómo va a ser esta nueva legislatura que se inicia. Y muchos de ellos -convirtiendo en firmes previsiones sus benéficos deseos, en una buenista variante del socorrido wishfull thinking- aseguran convencidos que va a ser muy diferente de la anterior. Donde existió la famosa crispación, la falta de entendimiento entre Gobierno y el (único) partido de la oposición, el radicalismo llevado hasta extremos impensables hasta hace bien poco, la pifia de la negociación con ETA y la encubierta modificación de las bases del sistema de 1978 estiman que vamos a contemplar la vuelta del consenso y la recuperación de un clima de tolerancia y respeto entre las grandes fuerzas políticas. Quizás no se dan cuenta, quienes así se expresan, que al afirmar que Zapatero, estimulado por su triunfo electoral, puede ahora cambiar y ventilar el cargadísimo ambiente de los últimos cuatro años, están reconociendo que fue él, casi en exclusiva, quien generó aquel clima de exclusión y descalificación sistemática contra el PP. La propaganda socialista -a través de su impresionante complejo mediático y con la tontorrona colaboración de algunos sectores de la otra parte del espectro- ha sido muy hábil en su sistemático empeño de demonizar al partido de la oposición y aledaños. La agit-prop, de raigambre leninista, ha tenido en este cuatrienio un paradigma difícilmente superable. Pero nadie que analice con objetividad lo que aquí ha pasado desde 2004 puede llamarse a engaño acerca de lo sucedido en España y cómo se ha ido generando. Descontados, por supuesto, la no escasa legión de los ciegos voluntarios o interesados, que sólo ve lo que les gusta y les acomoda.
Pero cualquiera que sea el juicio o la opinión que se mantenga respecto de la legislatura pasada, de lo que no cabe ninguna duda es de que la estrategia de Zapatero le ha sido muy rentable. No decimos, por supuesto, que haya sido una estrategia beneficiosa para los intereses de la Nación y para el prestigio de nuestra democracia, porque en mi opinión ha sido más que negativa, demoledora y suicida. Pero es evidente que para los intereses de Zapatero, que no son otros que mantenerse en el poder (eso lo quieren todos los partidos políticos) al precio que sea y aún sacrificando los propios fundamentos del sistema (eso sólo lo quiere él) la estrategia 2004-2008 ha sido enormemente eficaz. No sólo se mantiene en el poder con mas votos y escaños sino que, además, ha logrado aniquilar (el clásico abrazo del oso) a una torpe IU, que se convirtió en su fiel escudero, y ha dado un serio golpe a los nacionalismos que, con mayor o menor docilidad, comieron en su mano durante esos cuatro años. A la vista de los resultados parece bastante evidente que una parte significativa del electorado nacionalista o le ha dado sus votos o bien se ha abstenido. Gracias a esas ayudas ha podido resistir cómodamente, manteniendo las distancias, el ascenso del PP, que ha subido casi medio millón de votos y seis escaños respecto del 2004.
A la vista de todo esto, ¿cabe esperar cambio alguno en una estrategia que le ha sido tan beneficiosa? Quienes hablan de una legislatura más plácida, por decirlo de alguna manera, utilizan como argumento ciertas frases de Zapatero pronunciadas la misma noche de las elecciones y en los días inmediatamente posteriores. Pero olvidan que en los discursos, entrevistas e intervenciones de todo tipo del Presidente del Gobierno se pueden encontrar frases para todos los gustos y para todas las circunstancias y olvidan también que incluso a los políticos laicos les acomoda aquella frase evangélica según la cual “por sus frutos los conoceréis”. Y a nadie como a Zapatero le viene bien aquel otro conocido dicho: Ni una mala palabra ni una buena acción. Nada autoriza a pensar que Zapatero se plantee una legislatura basada en el consenso con el PP en las cuestiones llamadas de Estado ni que vaya a renunciar a su proyecto político, nunca enunciado pero claramente deducible ya, después de su primer cuatrienio en La Moncloa. Aquí se está produciendo un desmontaje a medio plazo del sistema político de 1978, se camina hacia un Estado fragmentado con ribetes de confederación, se sigue aspirando a acabar con “la violencia” por la vía de la negociación. Se trata de avanzar hacia una “España soñada” (que para la mitad de los españoles es una pesadilla) que enlazaría con los iconos de la II República, eso sí, puestos al día con las aportaciones de Touraine, Pettit y demás. ¿Alguien puede dudar que para Zapatero los resultados del 9 de marzo sólo se pueden interpretar como un voto de confianza en su proyecto? ¿Por qué va a cambiar? Sólo queda por saber cómo afectarán a sus planes las dificultades económicas que se avecinan y que no ha querido reconocer... hasta pasadas las elecciones.
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