Santiago Leiras | Lunes 31 de marzo de 2008
El conflicto entre el gobierno y las diferentes expresiones del sector agropecuario ha puesto de manifiesto la existencia de dos carencias en el gobierno de Cristina -y Néstor- Kirchner: la primera, una estrategia política frente al conflicto, la segunda, una estrategia de desarrollo productivo para la Argentina post-crisis 2001.
En relación a la primera, la misma quedo expuesta a partir del desafortunado –aunque carente de improvisación- discurso de la presidenta Kirchner, consistente en la descalificación de la protesta del sector rural en términos poco apropiados para quien ejerce la primera magistratura de la nación Argentina. En tanto jefa de estado ejerce -o debería hacerlo- un rol institucional que la coloque por encima de las partes y como representante del conjunto de la ciudadanía, debería dejar en todo caso la tarea de confrontación directa para sus colaboradores más inmediatos y preservar la institución presidencial como ultima ratio del sistema político.
Esta carencia revela en definitiva, una concepción del ejercicio del poder, fuertemente personalizado, que ha caracterizado tanto a la presidencia de Néstor Kirchner, como a la flamante administración de su esposa Cristina y que reproduce prácticas ya conocidas durante la gestión del ex presidente Kirchner como gobernador de la provincia de Santa Cruz durante más de una década: todo ello en medio del despliegue de un estilo discrecional de acumulación política que ha tenido lugar en el marco de una situación de emergencia institucional, constituyéndose la misma en fuente permanentemente invocada para así legitimar el incremento de prerrogativas institucionales en manos del poder ejecutivo nacional. Como afirmara el filósofo italiano Giorgio Agamben, la excepción deviene en norma.
Pero más grave aún resulta la segunda ausencia mencionada, en la medida en que se trata de la discusión -o la ausencia de- sobre el rumbo de la Argentina de los próximos años y las próximas décadas quizás. En diversas apariciones públicas, el ministro de economía Martín Lousteau ha sostenido que la aplicación del aumento a las retenciones agropecuarias obedece a la necesidad de evitar el impacto de la evolución de los precios internacionales de las materias primas que exporta la Argentina sobre los precios internos de los productos de la canasta familiar. Esto obedece a que un componente sustantivo de las exportaciones argentinas consiste en los denominados “bienes salario”, es decir productos cuya evolución de sus precios relativos tiene incidencia directa en el consumo personal.
Tratándose de una herramienta legítima tanto para la contención de los precios internos como así también para garantizar un incremento de los recursos fiscales del estado -siendo además estos recursos no coparticipables con las provincias-, la misma sin embargo pone de manifiesto las limitaciones de la estrategia económica desplegada a partir del año 2002.
Se corre el riesgo de una nueva crisis, a partir del enamoramiento de recetas tales como la aplicación de retenciones de manera indiscriminada, instrumentación de controles de precios, control artificial del tipo de cambio estableciéndose de hecho una nueva convertibilidad, que pueden ser necesarias para la resolución de la problemática de corto plazo, pero que se terminan transformando en parte del problema y no de la solución en el mediano y largo plazo.
La favorable coyuntura del mercado mundial, producto del aumento de la demanda de materias primas producida por la recuperación de la economía internacional, constituyó y constituye a mi juicio una excelente oportunidad que corre el riesgo de ser desperdiciada para la definición de una nueva estrategia de sustitución de exportaciones que permita a la Argentina salir del ciclo recurrente de crisis de las últimas décadas -1975, 1981/1982, 1989/1990 y 2001/2002-, que se ha traducido en niveles crecientes de pobreza y exclusión social.
Urge la necesidad de aplicar políticas destinadas a capitalizar la favorable coyuntura internacional para la inserción de la argentina en el mundo mediante incentivos para exportaciones no tradicionales, tal como llevaran a cabo países de la región como Chile y Brasil.
Se hace necesario también inaugurar una nueva etapa política en la Argentina, en la que se haga realidad la promesa de la Dra. Cristina Kirchner de mejorar la calidad institucional y de establecer ámbitos para el diálogo y la deliberación racional.
Que los discursos incendiarios desde la más alta investidura presidencial y los ruidos de cacerolas no nos hagan perder de vista la existencia de esta nueva oportunidad histórica para la Argentina.
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