Lunes 31 de marzo de 2008
Tras semanas de rumores ayer por fin se desveló la incógnita. La voz del PP en el Congreso tiene nombre de mujer. Soraya Sáenz de Santamaría sustituirá a Zaplana como portavoz popular en la Cámara baja mientras que el gallego Pío García de Escudero seguirá al cargo de la portavocía del Senado. En un principio se podría entender el nombramiento de Sáenz de Santamaría como una señal clara de los aires de cambio que promete Rajoy. Sin embargo, si rascamos un poco más, lo cierto es que por el momento no parece que el líder popular se haya tomado muy en serio la labor de realizar una auténtica reforma interna, no al menos en el nivel de profundidad que sería necesario.
El PP necesita una auténtica renovación de fondo y forma y no una mera sustitución de algunas piezas por otras menos gastadas. La retirada de Eduardo Zaplana de la primera línea le honra, pero no basta con eso. Hacen falta caras nuevas de verdad y, sin menoscabo de su indudable valía y saber hacer, Soraya Sáenz de Santamaría sigue formando parte de la vieja guardia de Rajoy. El líder de la oposición se ha aferrado a su puesto con uñas y dientes y no parece dispuesto a soltarlo, ni a renovarlo drásticamente. Rajoy ha hecho un digno papel como líder del PP a lo largo de estos difíciles cuatro años. Ha conseguido aumentar los votos y mantener unida a la derecha durante la difícil travesía por el desierto que ha supuesto esta última legislatura. Pero ya suma dos derrotas electorales. Da la sensación de que con el Congreso extraordinario del próximo mes de junio, Rajoy sólo busca reforzar su posición al frente del partido, en vez de abrir la puerta de forma sincera a nuevas opciones que puedan tomar el relevo.
Muchas voces afirman, en este sentido, que a la hora de elaborar las listas electorales Rajoy tenía más que presente la posibilidad de la oposición, por lo que procuró asegurársela evitando que sus posibles rivales dentro del partido entraran en el Congreso. Una cosa es no abandonar el barco hasta que no recobre el buen rumbo y otra muy distinta, obstruir las posibilidades de entrada a cualquiera que amenace con ser mejor que uno.
CAMBIOS EN CUBA
De una manera muy paulatina y sin excesivas estridencias, parece que desde que Raúl Castro se ha hecho con las riendas del gobierno cubano el régimen se va abriendo en algunos aspectos. Los cambios aún están a años luz de una posible transición hacia la democracia, pero ya hay signos muy significativos de que algo está cambiando, como el recién concedido permiso a los ciudadanos cubanos de hacer noche en los lujosos hoteles destinados hasta ahora exclusivamente a los turistas o permitirles tener teléfono móvil.
Estamos tan acostumbrados a acceder a todo este tipo de pequeños lujos cotidianos, que parece increíble que un régimen político pueda inmiscuirse en la vida de sus ciudadanos hasta el punto de decidir qué posesiones sí pueden tener o en qué hoteles pueden alojarse. Las medida, que se ponen en vigencia a partir de hoy, viene precedida, de hecho, por el levantamiento el pasado 25 de marzo de la prohibición de comprar ordenadores, televisiones y vídeos. Aún queda mucho, demasiado, para que la situación de la isla caribeña se normalice. Un teléfono móvil o un televisor no dejan de ser meros artículos que poco van a ayudar a la libertad y respeto a los derechos humanos de los que adolece el régimen castrista. Sin embargo, siempre es mejor noticia que se den pasos hacia delante en vez de hacia atrás.
CATALUÑA TIENE SED
Lo peligroso de hacer bandera de una medida hidrológica en España, dada su histórica tendencia a la escasez de precipitaciones, es que el político nunca tendrá la certeza de que su propuesta no vaya a costarle cara, especialmente si ésta constituye un guiño a formaciones nacionalistas. Ésto es lo que debe de estar pensando ahora mismo el presidente del Gobierno.
Después de movilizarse contra el trasvase del Ebro proyectado por el PP de José María Aznar y derogarlo finalmente tras llegar al poder, los socialistas se encuentran hoy entre la espada y la pared. Y es que los partidos nacionalistas que antes se oponían ferozmente a la propuesta de los populares y jaleaban la decisión de Zapatero, son los mismos que ahora reclaman un nuevo trasvase: el del Segre. Es decir, haciendo propia esa máxima que reza “lo mío es mío y lo de los demás, también”, las formaciones catalanistas han puesto en un difícil aprieto al presidente, que se encuentra en la tesitura de tener que optar entre conservar el apoyo de los soberanistas o mantenerse fiel a su idea de no realizar ningún trasvase. La decisión no es sencilla. Por un lado, Barcelona se muere de sed, por otro, ceder a las pretensiones nacionalistas supondría un agravio comparativo para valencianos y murcianos, que no tardarían en preguntarse “por qué a ellos sí y a nosotros no”.
Pero eso no es todo. La sed que aqueja a Cataluña está empezando a afectar psicológicamente a sus políticos y parece amenazar con provocar la rivalidad entre sus provincias. Así, los dirigentes de Lleida, Girona y Tarragona ya han puesto de manifiesto su oposición a que el agua del Segre sea trasvasada a Barcelona, alegando que no se puede ceder algo que no sobra. De nuevo, los territorios vuelven a pesar más que los individuos.
Mientras tanto, las desaladoras que prometió Zapatero para sustituir el trasvase del Ebro siguen sin estar listas, y el transporte de agua en barcos que proponen los socialistas es diez veces más caro que el trasvase del Segre. Estas son las consecuencias que tiene romper el consenso histórico que todos los partidos practicaron en materia hídrica, y el presidente bien lo sabe.
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