Domingo 12 de junio de 2011
La victoria electoral del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, por una holgada mayoría era algo cantado. Más allá de su incuestionable liderazgo interno, donde la oposición no tiene a nadie que pueda hacer sombra a su populismo, está el internacional. De un tiempo a esta parte, Erdogan ha mostrado una gran habilidad a la hora de hacerse un hueco como interlocutor preferencial entre Occidente y el mundo árabe. Un Occidente al que sigue mirando de reojo -con cierto resquemor, eso sí-, sabedor de lo beneficiosa que sería la entrada de su país en la Unión Europea. Cuenta para ello con el apoyo tácito de su “aliado” al otro lado del océano, Estados Unidos. Tanto Erdogan como sus antecesores han buscado siempre un acercamiento a Bruselas, sin que sus pretensiones hayan sido acogidas favorablemente -excepción hecha de España, claro está-.
Estados Unidos no vería con malos ojos que Turquía entrase formalmente en Europa. Y no lo haría, porque se aseguraría un valioso aliado en un continente con el que, pese a los lazos de amistad, siempre ha rivalizado. Además, la mayor parte de la población turca es musulmana, con lo que eso significa. Pero en frente están Francia, Inglaterra, Alemania e Italia. Y sus argumentos contrarios a la entrada de Turquía en la Unión son incuestionables. A nivel geográfico, sólo una pequeña porción del territorio otomano puede considerarse europea. Tradicionalmente, la historia de Turquía nada tiene que ver con la de los países que conforman la Unión, salvo su larga cadena de enfrentamientos. Culturalmente, las diferencias son notables.
Y políticamente, el régimen de libertades y respeto a los derechos humanos en Turquía es manifiestamente mejorable. Por no hablar del profundo antisemitismo y del cada vez más incipiente fundamentalismo islámico que vive el país. Aparte, hay heridas abiertas como la situación de Chipre o la actitud de Ankara ante el genocidio armenio o sus relaciones con los kurdos demasiado evidentes. Razones todas ellas lo bastante sólidas como para que todo siga como hasta ahora. Turquía estaría mejor si se dejase de ambigüedades y flirteos con un islamismo que nada tiene que ver con el pensamiento de Atatürk, espejo en el que debería mirarse más Erdogan. Tampoco parecen convenientes las tentaciones presidencialistas que parecen atisbarse tras el proyecto de reforma constitucional. Va por el tercer mandato, si, pero ello no obsta a que deje de imprimir algo más de sentido común a la postura turca frente a Occidente. Le iría mucho mejor.
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