Enrique Barón | Martes 14 de junio de 2011
Al ser preguntado Gorbachov, en una entrevista con motivo de su 80 cumpleaños, sobre el acontecimiento más importante de este año en Europa contestó: la entrada de Estonia en el Euro el 1º de enero. Tal afirmación sorprenderá a muchos por tratarse de una pequeña república de 1,2 millones de habitantes en el lejano Báltico. Es curioso que un país periférico tome tal decisión cuando no llegan más que malas noticias sobre la eurozona, zarandeada por la machacona especulación de expertos y contertulios sobre qué país será el primer en ir a la bancarrota y tener que abandonarla por las buenas o las malas.
Sin embargo, la afirmación del último líder de la URSS no es solo fruto de la nostalgia por ser él quien reconoció la independencia de Estonia. Está llena de sentido por tratarse de la primera ex república soviética que dio el paso para integrarse por voluntad propia en la Unión Económica y Monetaria Europea. Es innegable que la entrada de las repúblicas bálticas en la OTAN y en la Unión Europea no fue vivida con agrado por los medios dirigentes rusos, obligados a aceptar la inquebrantable voluntad de tres pueblos de decidir sobre su destino en el tsunami político que siguió a la caída del muro y la implosión de la Unión Soviética.
La presente decisión es la culminación de un proceso que supone el primer paso para la expansión de la eurozona en puertas del corazón de Rusia. Basta con ver en el mapa el lugar que ocupa Estonia que con Finlandia, otro miembro del €, rodean San Petersburgo como dos columnas en su salida al mar. A ello se añade la clara voluntad de entrar en el euro de Polonia, país cuya dimensión y fundamentales económicos son claves para fortalecer el peso de la moneda única en la región.
La evolución de las repúblicas bálticas es digna de consideración para demostrar una vez más la autonomía de la política. Partiendo de bases muy parecidas con sus vecinos desde la recuperación de su independencia, Estonia procedió a una rápida reestructuración de su economía optando por la informatización, poniéndose en cabeza en penetración de Internet ( el voto electrónico está generalizado ) y telefonía móvil, con una liberalización y privatización ordenadas en la línea alemana. Ha sido capaz de superar las crisis producidas por la corrupción y encauzar las tensiones con la minoría rusa que supone el 30% de la población, así como plantear una reflexión sobre su memoria histórica más en términos de derechos humanos que de agravios. En la actualidad, figura entre los países que están en cabeza en el apoyo a la Unión Europea, con cerca del 80 % de la población y es uno de los poco países miembros del eurogrupo con un déficit inferior al 3%.
El contraste no puede ser mayor con su vecina Letonia, país que ha vivido la mayor crisis económica, donde la privatización en plan capitalismo popular ha llevado a la constitución de grupos económicos que dominan la vida política con acusaciones generalizadas de corrupción y un apoyo bajísimo a la UE que no supera el 22 %.
En este caso, el carácter periférico que se menciona como una especie de defecto congénito resulta ser un factor añadido favorable para la UE en términos geopolíticos. California es un hermoso Estado quebrado periférico respecto de la costa Este de EE.UU., sin embargo a ningún insigne defensor de las zonas monetarias óptimas se le ocurre condenarla sin remisión por estar lejos del centro, o por haber tardado más de un siglo en crear una. A veces, la lejanía del mismo tiene también ventajas, como nos recuerdan a veces los centroeuropeos por sus malas recuerdos del pasado.
La experiencia es ilustrativa. Estonia ha pasado en menos de 20 años de estar integrada a la fuerza en la zona rublo a formar parte por propia voluntad de la zona euro, no sólo por razones económicas sino por decisión política y desde luego no hace falta recurrir a muchas encuestas para saber si su población se siente mejor. Polonia está preparándose para hacerlo cuanto antes, y los restantes se han comprometido a hacerlo. Sólo tres países se han excluido voluntariamente hasta ahora: Suecia y Dinamarca por el resultado de sendos referendos y Gran Bretaña por no haber hecho el prometido, aunque su mayor industria, la City, sea el mayor mercado mundial en €.
No le falta razón a un personaje de la talla histórica de Gorbachov cuando dice que la noticia es importante. También para nosotros, porque supone que la Unión Económica y Monetaria sigue consolidándose y ampliándose, el reto al que tenemos que saber hacer frente es fortalecerla con los instrumentos que están en el Tratado de Lisboa, añadiendo algunos como el responsable de Economía que lleva bloqueado desde Maastricht. Una fórmula como la del Alto representante de Política exterior aplicándola al Eurogrupo y la Comisión Europea sería un importante paso adelante, completado con la emisión de eurobonos.
Con los estonios compartimos ciudadanía, moneda y destino aunque no seamos muy conscientes de ello. Su ejemplo muestra la importancia de la voluntad política y el esfuerzo colectivo para convertir en realidad un sueño imposible. Bienvenidos sean.
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