Michael J. Sandel: Justicia. ¿Hacemos lo que debemos? Traducción de Juan Pedro Campos Gómez. Debate. Barcelona, 2011. 348 páginas. 21,90 €
Escrito con una clara voluntad divulgativa, este último trabajo de
Michael J. Sandel,
Justicia.¿Hacemos lo que debemos?, unos de los máximos practicantes de su disciplina –la ética filosófica– refleja bien la situación social y académica actual, si bien su autor es estadounidense y trabaja en un contexto distinto y más evolucionado que el nuestro.
¿Una situación social? Aquella que corresponde a las sociedades modernas. Por un lado, es claro que el individuo tiene muchas posibilidades, pero estas se dan en contextos ampliamente reglamentados y los reglamentos remiten a su vez a leyes y decisiones administrativas y, sobre todo, políticas que encauzan la vida cotidiana. En este contexto, el papel del Estado es ya inmenso. Sin embargo, la dependencia del individuo en la sociedad es aún mayor si uno piensa en que es esta última la que permite que se configure una de las categorías características de la sociedad moderna, la de la individualidad. Uno de los pasajes más interesantes del libro insiste en cuestionar la confianza que caracteriza la sociedad estadounidense en la coincidencia entre méritos personales y reconocimiento social. Detrás de las trayectorias profesionales hay generalmente trabajo y acierto, pero también se debe reconocer la dependencia que uno tiene en el orden social que permite que ese trabajo y ese acierto sean productivos. Desde el recuerdo de una sociedad estamental nos complace pensar que vivimos en una sociedad meritocrática donde cada uno tiene la recompensa que corresponde a su esfuerzo y talento; pero el hecho es que hay un orden previo que permite que dichos esfuerzos fructifiquen. Sandel pone de relieve las disparidades entre el reconocimiento que encuentran unas trayectorias frente a otras, que remiten a las contingencias de la organización de la sociedad.
En este contexto, es importante la idea de la justicia como una virtud que debe reconocerse en la disposición de las cosas. Su presencia determina que los sacrificios sean en última instancia aceptables para el ciudadano. El problema se encuentra en el hecho de que leyes y disposiciones que tienen que ver con la administración de recursos escasos, se ajusten también a unos criterios en los que los ciudadanos encuentren el consenso e integración efectiva.
¿Una situación académica? Hoy en día la discusión ética y moral constituye un ámbito que llama la atención del gran público. En el contexto académico, está organizada fundamentalmente por la confrontación de tres grandes tradiciones que se reinterpretan en nuestra propia situación: la utilitarista, la kantiana y la inspirada en Aristóteles. El esfuerzo de Sandel al pasarlas revista consiste en encontrar una posición propia a partir de la confrontación con ellas. En este punto, su exposición es ágil y las críticas vertidas hacia la tradición utilitarista y kantiana, aunque ya conocidas, son en gran medida válidas. Sobre todo, hay aspectos o dimensiones de la vida práctica que estas tradiciones no alcanzan y que Sandel sabe poner de manifiesto.
El interés por la ética aristotélica surge justamente por ofrecer esta una visión teleológica de la sociedad, es decir por trazar una imagen de la vida buena realizada en común que no se reduce al ejercicio individual de la libertad racional (Kant) o a la felicidad resultante de los actos (utilitarismo). Por el contrario, se debe ajustar a una concepción del hombre más amplia e integral. Se trata de superar el carácter unidimensional de unas concepciones que son incapaces de asumir las limitaciones de la sociedad actual. ¿Cuál sería esta nueva visión del hombre? Ciertamente, ya no el hombre de Aristóteles, pues la sociedad moderna se encuentra muy alejada a la
polis que el pensador ateniense conoció. Se trata de ajustarse a las condiciones y exigencias de la sociedad presente que resultan evidentes aunque, por otra parte, difíciles de sistematizar. La complejidad de la vida moderna puede –de momento– con cualquier voluntad de sistematización que sería tan útil desde el punto de vista intelectual. En principio, este es el aspecto más interesante, pero a la vez más impreciso del libro de Sandel.
Hace suyas las críticas de Alasdair Macintyre a la sociedad contemporánea y a la ética que de hecho rige esta. El individuo se concibe y tiene que concebirse dentro de un relato colectivo en el que su vida constituye una entre infinitas otras dimensiones. Por ello, la relación entre el individuo y la comunidad trasciende el entorno limitado de la propia existencia. De ahí se deriva la importancia de las deudas históricas contraídas por los antepasados con otros colectivos, sean blancos con respecto a negros, o alemanes con respecto a judíos. De ahí también se puede apreciar la importancia del patriotismo y de la identificación con los grupos a los que uno pertenece. Y desde luego, la aportación de mayor sustancia filosófica de este libro es la valoración de la lealtad como una virtud que hace posible la convivencia.
Con todo, la disparidad entre la conciencia de las limitaciones de nuestra sociedad y las soluciones que Sandel propone es importante. El tema afecta a lo que se podría llamar el tono moral de nuestro tiempo; la superación de la neutralidad que defiende Rawls en política –y con Rawls, la sociedad estadounidense entera–, enorgullecida por su liberalismo y por su tolerancia que desemboca en la neutralidad. Estados Unidos ha querido edificar un Estado donde tendrían cabida todos, justamente, porque no se ha dejado que predominara ninguna creencia, religiosa o étnica. Se perfila como una sociedad superior a esas diferenciaciones y que dejaría libre a todo individuo llegar a la posición de su elección. Por ello la sociedad tiene que erigirse bajo el supuesto de la neutralidad de quienes la diseñan en lo que respecta a su forma de valorar la realidad, sus creencias últimas, etc. De hecho, este ha sido un logro real de la sociedad estadounidense. Sin embargo, Sandel entiende, probablemente con razón, que la deriva de la política de la misma no ha sido neutral. En un contexto muy mediatizado por los medios de comunicación, la retórica de las posiciones comprometidas y de las personalidades mediáticamente convincentes ha prevalecido hasta el punto de que hay que abandonar el ideal de neutralidad, y acudir a creencias religiosas y concepciones del mundo para llegar a soluciones equilibradas. La convicción de que dicha neutralidad sería el fruto inevitable del progreso, no tiene en cuenta la enorme necesidad del hombre actual de poderse identificar con el orden social y político en el que se encuentra. El mensaje del político, como el trabajo del intelectual, tiene que buscar otro fundamento que el de la neutralidad científica.
¿Cuál? Desde el punto de vista de la filosofía, el libro es más eficaz en lo que niega o echa en falta que en lo que propone. En este punto se echa de menos la voluntad de sistema que caracteriza la filosofía y que permite que esta se presente como algo más que la expresión clara de unos juicios de valor. De hecho, se necesita una imagen del individuo que habría que construir con los datos de las ciencias sociales, pero dando entrada a aquellos elementos que logren que dicho individuo de lo mejor de sí mismo.
Por Jaime de Salas