Marcos Marín Amezcua | Sábado 18 de junio de 2011
Dedicado el presente a mis apreciados amigos que viven el idioma español y la vida ha colocado en mi andar, mencionados siguiendo la ruta del sol: Luz en Kumamoto, Cristina en Doha, Marcela en Bucarest, Fernando en Gotemburgo, Ada en París, Piedad en Málaga, Borja en Sevilla, Cecilia en Río y Simone en Curitiba, cuya labor de múltiples maneras es promotora de nuestra lengua y de la cultura hispánica. Y con un recuerdo al finado y apreciado filólogo español Fernando García-Pelayo, hombre sencillo, de letras, conocido en Europa y en América, desaparecido este 2011. Con mi inmarcesible afecto y agradecimiento a todos.
La lengua española que desde hace siglos dejó de ser exclusivamente lengua castellana –al traspasar el querido umbral hispano–, convirtiéndose en una lengua universal, nos une y nos comunica; celebra de nuevo El Día E por feliz iniciativa del Instituto Cervantes. Enhorabuena. La prestigiada institución española tiene un nombre bien ganado en el mundo y representa la imagen proactiva de la España moderna.
En esa tesitura, El Día E también nos invita a reflexionar y a ponderar nuestra herencia común, el idioma español. A todos los hablantes concierne su hechura y dotarlo de la importancia y de la trascendencia que le corresponde. Y cada día lo hacemos cuando lo usamos. No es tarea menor y representa una reafirmación del poderío que soporta a nuestra lengua madre y a la lustrosa cultura que representa.
No es poca cosa que la lengua española tenga un lugar bien ganado en el mundo, siendo versátil, maleable, cambiante y a la vez rica, profunda y poseedora de una solera inagotable. ¿Qué no es suficiente? ¿qué no es la lengua de la ciencia? ¿qué no es la de las finanzas? según se mire y se vea, pues cierto es que los que quieran vendernos algo, los que quieran incorporarnos a algo, los que quieran contar con nosotros los hispanohablantes y que quieran que los citemos o refiramos, saben bien y no pueden negarlo, que el idioma español sigue en ascenso y deberán aprenderlo y bien (no chapurreándolo), en tanto que a todos nos obliga y nos reclama más atención y esmero al utilizarlo. Así de fácil. Nada más, pero nada menos.
No es materia circunscrita a la lingüística. ¡Qué va! sépase que difundir o enseñar el idioma conlleva mostrar una potente y enorme carga cultural en que se entremezclan sentimientos y anhelos, ideas y la urdimbre de siglos que han cuajado su acervo. La abundante y fértil cultura hispánica cubre los cinco continentes y como es natural, tiene en América y en España, en España y en América, a sus pilares fundamentales.
Por ello extiendo mi recuerdo y reflexiones a quienes lo aprenden y lo hablan en entornos no hispanohablantes, pues esos hablantes son su punta de lanza, ya sea de forma consciente o inconsciente. Doble mérito y doble reconocimiento a todos. Estén donde estén, miles de hispanohablantes no cejan en conservar y en compartir sus conocimientos y su talento en pro de difundir el idioma español en lugares que no siempre son receptivos o que no brindan facilidades para hacerlo. Resulta admirable pues, que sostienen su ánimo para que perdure nuestro idioma y no en vano hay que reconocer su tarea importantísima e inconmensurable. Su esfuerzo nos invita a reconocerlo sin complejos. Sea pues.
La diversidad del habla española dota al idioma común de su más intrínseca e inagotable riqueza. Ella es un patrimonio inmaterial que se cristaliza en el pensamiento y en la más acabada constitución con que delimita la expresión de los hablantes y su contexto.
Cuán significativo resulta que el idioma español se posicione. Que las tareas den frutos, tanto del Instituto Cervantes como de la UNAM, cuando se ve reflejado el afianzamiento de una lengua perdurable. Cuando hace casi treinta años una profesora de inglés me decía con una soberbia acaso no mal intencionada, pero soberbia al fin, que el inglés sería la lengua del futuro –amén de no reparar ella misma en la fuerza del español ni en que el chino tendría la última palabra– hoy podemos decirle: “esté tranquila: lo será solo si los hispanohablantes lo permitimos”.
Y no quede en meros espacios comunes o ideas expresadas por compromiso. Un ejemplo ineludible, una feliz muestra de la fuerza de nuestra cultura, del empeño por preservarla y del encomiable ánimo por difundirla, todo cimentado en nuestro idioma, nos lo otorga la portentosa exposición ‘Pintura de los Reinos’ que por fortuna se ha mostrado en la Ciudad de México en la primavera de 2011, luego de que pudieron disfrutarla los madrileños y quienes se pasaron por la Villa y Corte en el otoño de 2010. Para grata sorpresa de todos, la expo de México ha contado con gran parte de todo lo visto allá. Para más regocijo y acaso envidia de todos, ha sido con entrada gratuita. La gratuidad se agradece sobremanera en estos tiempos. Vista como un maravilloso compendio de cuadros que pretenden efectuar un oportuno e interesante comparativo entre técnicas, temas y talentos de pintores de ambas orillas del Atlántico en los siglos XVII y XVIII, ella invita a la profunda meditación acerca de que los cimientos de nuestra cultura común, desde hace siglos han logrado en su interacción una benéfica intercomunicación tanto directa como indirecta, en la cual el idioma solo es la cresta derivada de un profundo sentimiento: la hispanidad. Por lo demás, el intercambio cultural institucional entre naciones hispanas pasa por uno de sus mejores momentos de colaboración.
Y otra vez mi idioma, lengua viva y pujante, es el fiel reflejo de que la cultura hispánica tiene una energía y un vigor arrolladores y torrenciales, con capacidad de redescubrirlo y revalorarlo. Al idioma hay que dignificarlo y difundirlo, más allá de un simple anhelo, no bastando regodearnos en El Día E, sino mirándolo como la oportunidad de convencernos de una vez por todas de que puede ser mejor al librarse de los extranjerismos innecesarios y de otros avatares y vicisitudes que lo afectan, que no son sino retos para buscar expresarnos mejor, fortaleciéndolo.
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