Martes 21 de junio de 2011
No han tardado mucho tiempo en actuar. Bildu, formación heredera de Batasuna, ha empezado a hacer de las suyas allí donde gobierna. Retirada de banderas constitucionales y negativa a condenar la violencia son dos actitudes que vulneran la legalidad vigente; esa que el señor Rubalcaba afirmó que, caso de conculcarse, habría consecuencias inmediatas. Pero nada hay me momento. En San Sebastián, además, su alcalde propone que se equipare a las familias de los asesinos con las de las víctimas, “pues sufren otro tipo de violencia”, y en Andoaín se ha llegado al extremo de prohibir la entrada de los escoltas al ayuntamiento.
Nada nuevo, por otra parte. Prácticamente nadie dudaba de que todo esto sucediera si el brazo político de ETA llegaba nuevamente a las instituciones. Una llegada, conviene recordarlo, auspiciada por la encendida defensa que de ellos realizó el nacionalismo vasco en su conjunto, con la inestimable colaboración de una parte del socialismo. Ahora ya tienen lo que querían, aunque por el camino han podido dejarse algo. El PNV, los restos de credibilidad que pudieran quedarle ante los ojos de una sociedad española, harta de su complacencia con el entorno terrorista. Y el PSE porque, gracias a personajes como Odón Elorza, Jesús Eguiguren y el Pachi López de los últimos tiempos, ya puede ir olvidándose de la Lehendakaritza.
Mientras, quienes pagan semejante forma de proceder de unos y otros son las víctimas, que ven mancillada otra vez la memoria de sus seres queridos y asesinados por el fanatismo nacionalista. También los amenazados, conscientes de que sus días de relativa tranquilidad tocan a su fin. Y la sociedad española en general, desencantada ante lo poco que ha durado el clima de normalidad democrática en Euskadi desde que los nacionalistas abandonasen el poder.
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