David Ortega Gutiérrez | Martes 21 de junio de 2011
Es importante que en la vida cada cual asuma su papel y su responsabilidad, cuando esto no sucede comienzan las cosas a complicarse y a no funcionar. Por lo demás, la proporción o grado adecuado en que se aplique este principio es determinante. Viene esta reflexión inicial a colación de cómo en estas últimas semanas está aumentando el nivel de presión de determinados ciudadanos sobre la clase política, llegando en algunos casos a ser necesaria la evacuación en helicópteros de los representantes del pueblo, como en el caso de Barcelona. Creo que los hechos que están sucediendo merecen una reflexión a fondo.
De entrada, como casi siempre en la vida, las cosas no son blanco o negro. Ni todos los políticos son corruptos, ni todos los ciudadanos son violentos en sus protestas. Qué nos está sucediendo. En mi opinión es una mezcla peligrosa de diferentes factores que están confluyendo a la vez, dando el resultado que estamos viviendo.
En primer lugar hay un clima generalizado de frustración o resignación, fruto de la crisis económica que España está viviendo, con unos datos de paro verdaderamente alarmantes.
En segundo lugar, hay una sensación de cierto desgobierno, de falta de liderazgo, de un país y una economía que van a la deriva, de que nadie asume responsabilidades. Tenemos un Presidente de Gobierno que se va, pero que no acaba de irse y un partido en el Gobierno que en las elecciones pasadas del 22 de mayo recibió su peor resultado en unas elecciones municipales y autonómicas. Tenemos un partido en la oposición que ha obtenido unos grandes resultados el 22 M, pero que en sus responsabilidades en sus respectivos gobiernos autonómicos y municipales, no está demostrando ser mucho mejor que el Gobierno de la Nación.
En tercer lugar, tenemos una vida institucional que no gana para sustos, magistrados del Tribunal Constitucional que se van dando un portazo, al igual que su Presidenta hace pocos meses, un Consejo General del Poder Judicial que sigue demasiado politizado, determinados gobiernos autonómicos y locales que no respetan el techo de endeudamiento, con un gasto excesivo y una gestión ciertamente irresponsable que da lugar a situaciones cercanas a la insolvencia económica de la Administración correspondiente, desconfianzas en el traslado de poderes en alguna Comunidad Autónoma. En cuarto lugar, el sector financiero precisa de una profunda reforma que no acaba de abordarse, mientras las Cajas de Ahorro, el 51 % de nuestro poder financiero, no acaban de asumir uno de sus principales problemas, su necesaria despolitización.
A esto se unen determinados casos de corrupción que afectan a todos los partidos políticos, que en su porcentaje posiblemente no sea mayor que en otros países, pero aquí las cúpulas directivas de los partidos políticos no están reaccionando con la rapidez y contundencia necesarios. Ante esto, el ciudadano se encuentra indefenso, sin esperanza, y un porcentaje minoritario y no representativo comienza a actuar con violencia injustificada y mezclando las churras con las merinas, como suele suceder cuando uno actúa bajo el efecto de la frustración. Sin embargo hay que reconocer que salvo estos grupúsculos rechazables y mínimos, la ciudadanía española está aguantando con enorme estoicismo lo que está sucediendo en nuestra vida pública.
Sin duda estimo que lo más útil y eficaz es que cada cual haga bien su papel y asuma la cuota de responsabilidad que le corresponde. El ciudadano tiene el legítimo derecho a la protesta, cómo no, y hay motivos sobrados para ejercerla, pero siempre dentro de los cauces legalmente establecidos y lo deseable sería que lo hiciera de la forma más eficiente y práctica posible. Me gusta que la sociedad civil reaccione y no se quede parada, pero la reacción o indignación debe ser lo más practica y eficaz posible, la vida pública y política española se hace también de abajo a arriba. Pero sin duda el principal problema está en la falta de reacción de nuestra clase política. Globalmente se ha perdido el sentido institucional, de Estado. El momento presente exige de generosidad e inteligencia para que los políticos saquen lo mejor de sí mismos, al igual que sus partidos. Creo que estamos viviendo un momento de profunda reforma de nuestra clase política, hay un modelo que se está agotando, aunque todavía no lo percibamos con claridad.
Precisamos de un nuevo estilo político, basado en el discernimiento claro de lo que es importante y necesario, la asunción de los grandes problemas, que hoy por hoy no estamos afrontando. No podemos seguir dejando que las cosas fluyan y se solucionen por sí solas, pues esto no va a suceder. La lucha y refriega política entre los dos grandes partidos políticos nacionales, no lo puede invadir todo, hay que marcar determinadas líneas rojas donde es ineludible la colaboración, el sentido de Estado, la resolución de los problemas, como la racionalización y eficiencia de nuestra Administración Pública, especialmente la autonómica; recuperación del prestigio e independencia de nuestras principales Instituciones (Tribunal Constitucional, CGPJ, Tribunal Supremo); respeto estricto y sin complejos al Estado de Derecho en todos sus órdenes; despolitización de las Cajas de Ahorro; apuesta decidida por la competitividad y por el pequeño y mediano empresario, que es quien crea empleo; prioridad de un sistema educativo que precisa de mayor exigencia y cohesión en toda España; tolerancia cero con la corrupción, dando ejemplo los propios partidos políticos; unos medios de información menos ideologizados y más rigurosos y críticos con el partido afín y más comprometidos con el derecho a la información de los ciudadanos; unos sindicatos, siempre necesarios, pero que precisan de una profunda reforma de su verdadera razón de ser, frente a la nueva realidad.
Concluyo, vivimos un delicado momento, complejo, pero que como casi siempre en la historia, con bastantes dosis de inteligencia, generosidad y decisión, podremos superar.
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