Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 26 de junio de 2011
Tiene unos cincuenta y tantos años, habla un español delicioso que mezcla dos acentos del español de América. Le preocupa el mundo y la gente. Siente compasión por todos los seres, cree que la muerte sólo es la inhabilidad de la materia para dar soporte a la mente. Afirma la responsabilidad que todos tenemos por nuestras acciones y sostiene que también los instituciones -y no sólo los individuos- pueden transgredir -éste es el verbo que utiliza- los principios éticos elementales del budismo, que no distan de aquellos que todos reconoceríamos como propios.
Tengo ante mí a un budista.
Y lo escucho hablar mientras desgrana -como si narrase un cuento- esa profunda infelicidad que -según dice- embarga a todos. Bueno, no la llama infelicidad sino insatisfacción. La palabra está bien escogida. Es verdad que nuestras sociedades están cansadas, agotadas, golpeadas por una crisis que es mucho más profunda que la económica porque toca de raíz la vida entera. Sí, es cierto que -en nuestro tiempo- la búsqueda de nuevas emociones ha sustituido la vivencia de experiencias profundas y fundantes. Por desgracia, incluso las religiones han sufrido la banalización de sus contenidos. De la persona religiosa cualquiera se burla impunemente; aunque de algunos con más impunidad que de otros. Ustedes ya me entienden.
No queda tiempo para meditar ni para dedicar la atención a lo verdaderamente importante. En realidad, gestionar la atención es hoy uno de nuestros grandes desafíos. Hay personas que viven dispersas durante todo el día y cuando llegan a casa descubren que llevan años viviendo con perfectos desconocidos; entre ellos está ése que cada mañana ven en el espejo.
Hay otros amigos presentes y escuchan. Compartimos la pasión por Oriente, sí, pero también la mirada que se compadece por el dolor y aspira a comprometerse. Camus escribió unas líneas que me conmovieron la primera vez que las leí y aún hoy me despiertan un escalofrío: “¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice que no. Pero si se niega, no renuncia: es además un hombre que dice que sí desde su primer movimiento. No sé si somos rebeldes, pero desde luego sabemos que así como vamos no podemos seguir. En este sentido, este estudioso -que sonríe mientras habla del sufrimiento, la insatisfacción, el nacimiento la enfermedad, el dolor y la muerte- parece volar la cometa de la esperanza cada tarde. No sé si estaría de acuerdo conmigo. Otro día tengo que preguntárselo. Tal vez el llame de otro modo a la esperanza. Ésa que maravillaba a Charles Peguy. Ésa que nos lleva a confiar en que el día que comienza será mejor que el que terminó y que el momento más oscuro de la noche es el comienzo del amanecer.
No, hoy no puedo escribir de política aunque la ignominia de Bildu en las instituciones me hace arder a sangre.
Hoy no toca política.
Hoy toca la pausa que precede a la acción consciente, la atención que se centra para no disiparse.
El silencio que precede a la voz rebelde.
TEMAS RELACIONADOS: