Marcos Marín Amezcua | Lunes 27 de junio de 2011
El 3 de julio de 2011 tendremos elecciones para gobernador en la entidad federativa mexicana denominada Estado de México, situada al centro del país. Y el PRI, Partido Revolucionario Institucional, el partido gobernante allí desde hace 82 años, le tiene terror a los ciudadanos votando. Le diré los porqués, amigo lector.
Porque asistimos a una campaña terriblemente desigual que desde la autoridad pretendió desanimar al votante, captando el voto y proclamando vencedor a un priista, aun antes de efectuarla, pues el partido gobernante ha modificado leyes electorales a modo y ha cargado los dados a su favor. Leyes que han limitado e intervenido al órgano electoral e impiden alianzas opositoras, imponen tiempos de campaña reducidos, apoyan con exceso de recursos al candidato oficial –en detrimento de los contrincantes– o al solapar un derroche de dinero desbordado a favor del priista, en momentos de crisis galopante, que hacen ya sospechar que –en un alarde de ilegalidad– Eruviel Ávila ha rebasado los topes permitidos de gastos de campaña, imponiendo así una inequidad absoluta frente a la oposición.
Porque mientras el gobierno saliente priista se ha desentendido de la protección a los candidatos opositores Encinas y Bravo Mena (éste agredido físicamente, incluso) los votantes se preguntan si ese es el PRI de siempre que reclama como nunca, ser distinto; en tanto transcurre el proceso electoral mientras se acusa de corrupción a políticos relacionados por sangre o por nexos diversos con el PRI estatal, incluido el líder nacional del partido, Humberto Moreira. Sin duda, el proceso electoral mexiquense ha sido muy desaseado y el único responsable es el PRI de siempre. El de la maquinaria aplanadora que propicia el pucherazo.
Porque pese a todo ello, los electores mexiquenses, deseosos de dejar atrás ya no solo 82 años de un mismo partido, sino su grisura, están deseosos de un cambio y lo han manifestado de una manera abierta en toda la entidad, movilizándose, organizándose, amén de estar cansados de que muchos priistas al amparo del poder, lo han confundido como si fuera su patrimonio personal, adiestrados a la sombra de la impunidad y la corrupción concomitantes, cómplices de los gobiernos del PRI. Hay un hartazgo contra el PRI como no se recuerda. No es gratuito.
Porque los electores son animosos y desean cambios urgentes en una entidad marcada por la desigualdad atroz y el crimen que empaña a su gobierno. Las cifras no le ayudan al PRI, pues el Estado de México ocupa el 1er. lugar nacional en feminicidios, pobreza, desempleo, corrupción, robo de autos y en explotación sexual; el 2º en secuestros, casos de SIDA y obesidad; está un 88.2% por encima de la media nacional en extorsiones consumadas, es tercero en homicidios intencionales y desnutrición infantil, 15º lugar en productividad y ocupa el lugar 25 en competitividad, de una lista de 32 entidades. Su participación en el PIB pasó del 10.4 % al 9.7 % entre 1993 y 2006 y sus pasivos corresponden en un 92% a su deuda pública, un exceso, pues. Datos revelan que es el tercer estado percibido como el más inseguro por el 76% de la opinión manifiesta y es guarida de narcos.
La crisis imparable que vive la entidad muestra un sexenio de grisura apabullante. El gobierno saliente de Enrique Peña Nieto del PRI –pintado como un dios– deja mucho que desear; no se le conoce una sola solución, acompañado de la fama de evadir los problemas puntuales de la entidad. Los electores lo saben, restándole así mucha credibilidad a su candidato Ávila. A Peña no se le sabe un esbozo de país, pese a situársele como posible presidente de México –así promovido por sus corifeos– y pese a que el PRI fue derrotado estrepitosamente en 2009, 2010 y 2011 en entidades muy emblemáticas de México y ha perdido dos veces consecutivas la presidencia de México. Peña poco ayuda a remontar tanto fracaso priista.
Porque también este proceso electoral ha evidenciado que ciertas regiones de la demarcación otrora gobernadas por la oposición, viven hoy con el PRI un acuciante e inocultable atraso y retroceso evidentes. Y mal va la burra, pues su candidato no ha brillado en los debates con sus contrincantes, ofreciendo cosas que o son inalcanzables o que no son competencia del cargo a elegir, y muchas de las cuales no son sino las muchas y las mismas promesas incumplidas por Peña Nieto y 82 años de gobiernos del PRI, por lo que nadie cree en las encuestas que lo favorecen.
Similar al caso de Castilla-La Macha guardando las debidas proporciones, la suma de tanta opacidad y atraso, de errores garrafales y carencia de oficio y talento priista han provocado una psicosis, el pánico y el inocultable terror entre la clase política priista local; una enquistada clase política a la que aterra perder el poder público confundido con su patrimonio personal, como sucedió en Oaxaca o Sinaloa, que les provoca una tirria furibunda, pues les pararía de golpe esa manera abusiva de ejercer el poder que usufructúan para sus bolsillos, de manera vergonzante.
Debe saberse al otro lado del Atlántico: muchos ciudadanos han repudiado el dispendio y el desplante del PRI y es bien sabido que la estrategia priista responde sin duda, a su pánico a la oposición, ya que si esta triunfara, abriría expedientes penales contra muchísimos funcionarios priistas corruptos, enriquecidos a costa del erario mexiquense, situación que de nuevo no sucederá advierten los analistas, si ganaran de nuevo los priistas, que siempre han evadido el tema. Solo pensarlo les hace comprar más voluntades, intentando así paliar sus excesos y carencias.
Así, su terror al voto ciudadano obedece a que saben que con él por los malos manejos de gobiernos priistas arbitrarios –que muchas veces llegaron al poder por la corrupción y el fraude electoral, el “pucherazo” pues, y no por consenso–, la oposición hará justicia y pedirá cuentas que revelan finanzas malversadas por años a costa de la pobreza ingente generalizada de sus ciudadanos y eso comprometería irremediablemente la carrera presidencial del gobernador saliente Peña Nieto, que no quiere obtener un resultado electoral adverso en un cacicazgo de su partido como ha sido el Estado de México. Ese es el panorama adverso en que concurren a votar los mexiquenses ávidos de un cambio, con el poder del voto en sus manos.
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