Opinión

El descenso de River o la caída de los dioses

Lunes 27 de junio de 2011
Hay clubes de fútbol especiales. Real Madrid y Barcelona en España, Milan e Inter en Italia y, desde luego, Boca y River en Argentina. Precisamente, el descenso de categoría de éste último -primera vez en su historia- ha sido el detonante de una ola de incidentes que se ha saldado con más de 70 heridos y cuantiosos destrozos. Alguien podrá pensar -no sin cierta razón- que se trata de fútbol y nada más; a fin de cuentas, sólo un deporte. Pero es un deporte que mueve masas y, con ellas, sentimientos. Máxime en Argentina, donde el llamado deporte rey adquiere categoría imperial -divino si tenemos en cuenta a Maradona, el único futbolista con iglesia propia- y donde igualmente sirve también como válvula de escape ante la problemática del país.

Con todo, lo sucedido este pasado fin de semana en Buenos Aires debe hacer reflexionar sobre la necesidad de imponer algo más cordura en asuntos tan aparentemente triviales como un partido de fútbol. Hace poco, la final de la Copa Libertadores acabó a golpes entre los propios jugadores del Santos y el Peñarol, secundados por sus respectivas hinchadas. En Argentina se ha tenido que llegar a la suspensión del campeonato por los desmanes de las denominadas “barras bravas”. ¿Merece la pena realmente? El fútbol, que era un deporte, corre el riesgo de convertirse en una apología del salvajismo. Y no es eso. Por más que para la gente de River –o del Madrid, del Millonarios o del Manchester- se haya acabado el mundo. Y, en efecto, para algunos, el orden natural del universo mundo se tambalea.

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