entre adoquines
Viernes 01 de julio de 2011
Difícil inventarse un guión tan fabulosamente morboso como el que la revista francesa con fama de seria L’Express ha publicado a propósito de la gran boda monegasca, que se celebra el 2 de julio. A la historia, desde luego, no le falta ningún ingrediente para atraer a aquellos que hasta ahora habían conseguido pasar por completo de la otra “boda del año”, después de la celebrada en Londres la pasada primavera. Sí, seguramente muchos otros, por el contrario, ya se habían puesto al día de los modistos con más papeletas para haberse hecho cargo del traje de la novia, de las fiestas organizadas antes de evento principal para “entretener” a los invitados y hasta de los detalles del ramo o de las joyas que lucirá Charlene Wittstock. Sin olvidar, por supuesto, los manjares que llenarán bandejas y mesas primorosamente decoradas para tan especial ocasión.
Pero la mayoría, por lo menos aquí, donde el príncipe de Mónaco se ganó a pulso que nadie le quiera tener de amigo en Facebook, cuando de verdad hemos caído en la tentación de “informarnos” acerca de su boda ha sido en el momento en el que hemos “pinchado” con asombro el titular de prensa que se pregunta si finalmente habrá o no boda en el lujoso principado. Si anular una boda “de las corrientes” en el último momento ya es un escándalo que, a falta de banquete, tiene a los invitados nutriéndose de morbosos cotilleos y espeluznantes teorías acerca del verdadero motivo que ha llevado a uno de los contrayentes a salir corriendo antes de que le enfunden el anillo, en el caso de una boda noble y televisada, el tema da para que hasta el menos cotilla eche un fugaz vistazo a la noticia y quiera saber qué demonios es eso de que la novia del príncipe monegasco ha intentado subirse a un avión con intención de dar la espantada.
¿Cómo? ¿Después de tantos años en la sombra esperando paciente a que el solterón más recalcitrante de la realeza europea se decidiera a sentarle a su lado en el trono? Imposible. Pues hay más. Después de este planteamiento de indudable tirón, el guión se vuelve aún más escabroso: hace unos días la nadadora sudafricana sucesora de Grace Kelly se marchó al aeropuerto de Niza para comprar un billete de ida a Sudáfrica y la policía tuvo que retenerla hasta que algún “mediador” de los Grimaldi llegó, y parece ser que tuvo que emplearse a fondo para convencer a Charlene de que volviera a Montecarlo. Y ¿por qué Charlene salió rauda en busca de un avión dispuesta a dejar todo plantado? La revista insinúa que acababa de enterarse de algún inconfesable, o sólo inconfesado, secreto del pasado de su prometido. ¿Blanco y en botella? Lo cierto es que hay hombres que, por mucho que se empeñen, no se libran del todo de los rumores acerca de su presunta homosexualidad. No sé si por lo del río que agua lleva o porqué, pero el príncipe Alberto, tan asiduo a aventuras sentimentales con las más guapas y con dos hijos secretos que dejaron de serlo cuando Rainiero ya no estaba y no había riesgo de que la noticia afectara a su salud, nunca lo ha conseguido del todo. Es en lo único en que se parece a Clooney.
En todo caso, si la hubo, la borrasca parece que ya pasó y las azules aguas del idílico decorado monegasco han vuelto a su cauce. Si se trató solo de un reclamo más para que nadie se pierda el nuevo el capítulo de amor, lujo, poder y belleza que promete ofrecer Mónaco al mundo, lo cierto es que ha funcionado. El próximo sábado aumentará la audiencia como, por ejemplo, seguro que habría aumentado en la boda de Lady Di, si unos días antes alguna revista hubiera publicado que la joven doncella acudía al altar nada más descubrir que su príncipe azul, a quien amaba era a Camilla y no a ella, mera figurante en un mundo que tardará en cambiar mucho más que el “nuestro”. Aquello lo supimos después, la propia Diana lo confesó cuando ya era obvio que nada tenía que hacer si lo que quería de verdad era un matrimonio como aquellos de los que su abuela, Barbara Cartland, escribía para llenar de ilusiones los vacíos corazones de románticas empedernidas. Hasta ahora, a Charlene Wisstock se le ha comparado con quien hubiera sido su suegra y, aunque las similitudes con aquella mujer de exquisita elegancia que parecía una princesa mucho antes de toparse con Rainiero son francamente difíciles de encontrar, siempre será mejor que, al final, no tengamos que acabar comparándola con la desdichada Diana Spencer, que no fue capaz de “escapar” a tiempo. La miniserie ya está al caer.
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