RESEÑA
Domingo 03 de julio de 2011
Alessandro Baricco: Emaús. Traducción de Xavier González Rodríguez. Anagrama. Barcelona, 2011. 160 páginas. 16,50 €
El estilo inconfundible de Alessandro Baricco empapa las páginas de su último y breve relato, Emaús, cuyo título evoca al Evangelio de San Lucas, cuando Jesús resucitado se aparece a dos de sus discípulos y estos no lo reconocen, porque están espiritualmente en tinieblas desde la crucifixión. El prolífico escritor italiano utiliza a cuatro jóvenes, el narrador –cuyo nombre se desconoce–, Bobby, Luca y El Santo, para trasladarse a un lugar indefinido del norte de Italia (que bien podría haber sido España), en una época inconcreta –probablemente de los años setenta– y en el seno de cuatro familias de clase media marcadas por una educación profundamente católica. En este contexto, una enseñanza que les ha proporcionado hondas convicciones religiosas les hará sentir seguros ante las adversidades de un mundo mucho más salvaje, representado en la figura de Andre, una joven de familia que se intuye desestructurada, burguesa y apegada a un estilo de vida más liberal, que escapa y desafía a los cánones morales cristianos. Sin embargo, los cimientos se tambalean cuando, sobre esa aparente sabiduría de los cuatro adolescentes, pesa tanto la culpabilidad.
La fe practicada de los chicos impregna su cotidianeidad, de forma tal que la oración, la falta y la penitencia conviven con el apego a la inmunidad frente a ciertos males que amenazan al hombre, de los que se creen a salvo. Así, entre lo contado y lo sugerido, Baricco describe las escenas de cuatro vidas que confluyen en la evidencia de que nadie está libre de pecado: tampoco ellos. Incluso parece insinuar que el apego a un código moral estricto conlleva el riesgo de caer en la tentación y ser vencido por ella. De alguna manera, el narrador es también quien observa y analiza la caída de sus tres amigos. El Santo, el mayor predicador, recibe su castigo, a la medida o no –según juzgue el lector, de acuerdo con el grado de culpabilidad que le atribuya–. Quien da la espalda abiertamente a esa educación sin aparentes fisuras, Bobby, acaba sumido y atrapado en el mundo de la droga. Y a Luca le superan del todo las circunstancias.
Pero Baricco es experto en el arte de la sutileza y mantiene sobre su historia una equidistancia entre el dibujo y el trazado. ¿Y Andre? ¿Qué representa? Ella es exactamente el elemento que altera un paisaje con la dosis de realidad que corrompe un decorado. Andre desvía las vidas ordenadas de los chicos, mientras la suya, de alguna manera, podría haber encontrado un orden en el transcurso de los acontecimientos.
Por Azmara Calleja