Opinión

4 de Julio, Día de la Independencia, Chicago, Estados Unidos

Javier Rupérez | Domingo 03 de julio de 2011
No hace falta buscar mucho para encontrar en Chicago el “Café Ibérico”. Situado en plena North Lasalle Street, una de las principales arterias de la ciudad en el trazado Norte- Sur, entre la Avenida Chicago y la Calle Superior, a pocas manzanas de la Avenida Michigan, la llamada “magnificent mile” de la bella ciudad, el “Ibérico”, como familiarmente es conocido, es un local amplio, acogedor, popular, decorado con azulejos, arcos y estampas que acreditan su vocación española y naturalmente especializado en ofrecer una cocina patria abundante, sabrosa y sin complicaciones que ha encontrado una numerosa y fiel clientela entre los pocos españoles que pueblan la capital del Medio Oeste, los muchos hispanos que allí han encontrado domicilio y el creciente número de los originarios del país que, en sus diversas encarnaciones raciales, sienten debilidad por las tapas y por las recias bebidas, todas españolas, que las acompañan. Lugar propicio para la gastronomía y la tertulia, el “Ibérico” es sitio obligado de convocatoria para seguir las ocasiones y efemérides deportivas que, a falta de mejores noticias, tan propicias han sido en los últimos tiempos para el decaído ánimo español. Había que ver la atmósfera patriótica y festiva que el local destilaba cuando las hazañas de la selección española de fútbol en los campeonatos de Europa y unos meses más tarde en los mundiales. Los goles de Iniesta sabían a gloria en aquel atestado y ruidoso recinto que deglutía pulpo a la gallega, brindaba con Rioja y, en el colmo del delirio, celebraba el triunfo con bizcochos borrachos o con crema catalana.

Lagoa, José Lagoa, un gallego de La Coruña llegado a los pagos norteamericanos con apenas lo puesto a mediados de los setenta del siglo pasado en búsqueda de trabajo y vida, es el fundador y dueño del “Ibérico”, pieza importante pero no única en un emporio de empresas de alimentación que pronto se verá ampliado con iniciativas turísticas y hoteleras. Es Lagoa hombre de pocas palabras, gran imaginación y mucho trabajo, recompensado en su tesón por el éxito personal y empresarial que él exhibe con orgullo y comparte con generosidad. Raro es el día que a la puerta del “Ibérico” no se encuentra un imponente Rolls Royce con una placa de matricula que en su brevedad lo dice todo: “GALLEGO”. Como rara es la ocasión en que José deja de contribuir a las organizaciones benéficas que centran su actividad en mejorar la suerte de los inmigrantes que legal o ilegalmente llegan a los Estados Unidos. José es un ejemplo acabado de aquello que propios y extraños llaman “the american dream”.

Hace ya años que José Lagoa y su “Ibérico” celebran la fiesta del 4 de julio, día de la Independencia de los Estados Unidos. Como se sabe, es ese día de conmemoración civil seguido casi religiosamente por la abrumadora mayoría de los americanos con una liturgia precisa y homogénea que incluye la reunión familiar en el jardín trasero de la casa, la indispensable barbacoa donde se calcinan hamburguesas, salchichas y patatas de Idaho, el delicioso “pecan pie” como postre, y abundante cerveza helada . Al atardecer, allá donde se encuentren, pueblo o ciudad, todos contemplan con admiración los juegos artificiales que exhibiendo el azul, el rojo y el blanco de la bandera recuerdan el sentido de la jornada antes de que, muchos con los ojos humedecidos, en parte debido a la emoción patriótica y en otra testimonio del reblandecimiento que producen los vapores alcohólicos, canten al unísono el himno nacional:”…And the stars spangled banner in triumph shall wave, Over the land of the free and the home of the brave”.

Lagoa conmemora su 4 de julio invitando a centenares de sus amigos –amigos, familia, empleados, colegas, socios, conocidos, primos de primos, amigos de amigos, en una larga pirámide- a una gigantesca y bien surtida fiesta campestre que tiene lugar en las afueras de la ciudad, en una campa municipal especialmente acondicionada para el evento y en la que se dan cita desde el Cónsul General de España en Chicago hasta los cocineros del “Ibérico”, pasando por Gabino Sotelino, el primero de entre los grandes de la cocina española en los Estados Unidos; Milton Uribe, el chileno americano que sirve incomparablemente los intereses de Iberia en todo el Medio Oriente; José María Fernández, el activo y eficiente representante de “Viscofan” en el país, o Teófilo Caballero, el que durante más de treinta años ocupara el puesto de canciller en las oficinas consulares españoles en la ciudad. La fiesta se prolonga hasta bien entrado el anochecer, con tiempo para que los que lo deseen puedan llegar a los fuegos artificiales que tienen lugar en el Navy Pier, al borde del lago, y por ella transitan los bailes flamencos español, los mariachis mejicanos, los blues sureños y el pop de Lady Gaga.

José Lagoa preside la celebración sin alharacas pero con intensidad. Sabe que al hacerlo homenajea al país que le alberga y en el que tan brillantemente ha sabido prosperar. Se siente reconfortado además por facilitar a muchos de sus empleados y a sus numerosas familias la posibilidad de participar sin restricciones en una fecha de tan profundo significado para los descendientes de aquellos que en 1776 decidieron sentar las bases de su convivencia en la democracia. Porque mas allá de las salchichas, y de las hamburguesas e incluso de las sardinas que heterodoxamente José ofrece a sus invitados, lo que queda, lo que cuenta es la fiesta nacional, masivamente compartida, de un país cuya vitalidad sigue siendo la mejor clave de su destino colectivo y cuyo nacimiento fue el de una nación que no está fundada en lazos de sangre, o territoriales, o étnicos, sino sobre la comunidad de ideas que reflejaron los fundadores en la Declaración de Independencia como verdades evidentes: que todos los hombres han sido creados iguales, que están dotados de ciertos derechos inalienables y que en consecuencia los poderes del gobierno, diseñados para la salvaguardia de esos derechos, deben tener su origen en el consentimiento de los gobernados. Bien hace José Lagoa y su “Café Ibérico”, y con él millones de americanos de origen o sobrevenidos, en recordárnoslo todos los años. Precisamente hoy. El 4 de julio.

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