Víctor Morales Lezcano | Martes 05 de julio de 2011
El desencadenamiento de las crisis del “statu quo” predominante en el norte de África desde hace tres decenios ha sido un fenómeno imprevisible, de aparente calado profundo. Testimonio del interés que ha despertado el desencadenamiento de tal crisis, no sólo ha quedado reflejado en esta columna de EL IMPARCIAL, sino también en un breve libro de mi autoría que acaba de salir, y que lleva por título “Miscelánea Mediterránea” (Ediciones de la UNED, 2011). En este libro se incluye un capítulo que puede considerarse un prontuario de la actualidad del acontecimiento político y social bautizado con el epígrafe de “primavera árabe”.
Estamos siempre necesitados de perspectiva, antes de sopesar y calibrar las causas condicionantes del hecho; del seguimiento del transcurso de la crisis hasta llegar a la desembocadura de lo que actualmente tenemos a la vista en el norte de África; y, finalmente, al término de la crisis de marras, quizá podamos sopesar lo que de bueno y justo ha aportado el “statu quo” naciente a las sociedades norteafricanas, y árabe-islámicas a la larga.
La lícita inclinación por intentar captar el significado general de las alteraciones del “statu quo” en tierras del Mediterráneo sur, induce, con más frecuencia de la deseable, a que los partidarios del “cambio ¡ya!” aplaudan con fervor apasionado el menor acto de alteración, creyendo que “todo el monte es orégano”. Aplicando esta consideración al mundo magrebí y al árabe-islámico, los escenarios de Libia, Siria, y Bahreim mismo, nos muestran lo espinoso y lento que puede llegar a ser el tránsito de esas sociedades hacia un nuevo orden interno y mediterráneo. Un nuevo orden que no tiene por qué ser de aplicación uniforme para todos los países del área.
Lo más que se puede adelantar es que el segundo semestre de 2011 que se acaba de iniciar, nos traerá, probablemente, alguna sorpresa (no puedo prever de qué signo, naturalmente). Permitirá culminar, por ejemplo, procesos de cambio que ya están en marcha; e incluso habrá más de alguna actuación que no encaje en el arquitrabado ideal que los humanos trazamos, voluntarista y piadosamente, al devenir histórico.
Si hay un país norteafricano que no ha ocupado un puesto privilegiado en mis colaboraciones a EL IMPARCIAL durante los últimos meses, ése es Marruecos. Lo que no deja de resultar paradójico, dado que la publicística española muestra con reiteración en sus páginas el favorecimiento de todo aquello que sucede al sur de Punta Tarifa.
El autor de esas columnas para este digital, sólo ha abordado el caso de Marruecos durante el semestre que acaba ahora, en un par de ocasiones. La primera de ellas se publicó el 11 de marzo con el título “El discurso del Rey”; la segunda, más reciente, llevó por título “En Marruecos se impone un cambio” (24 y 25 de junio).
Cuenta tenida del ritmo lento que registran las sociedades norteafricanas, no era fácil prever en marzo pasado el modo y el tiempo con que han despejado la incógnita, para impulsar transformaciones dadas, tanto la Monarquía alauí y el entorno del Majzen, como el complejo de ciudadanos con peso en el país y la misma opinión pública marroquíes. Entre todos ellos han culminado en tres meses el proceso reformista que ha sido refrendado durante el primer fin de semana del mes de julio.
No entremos por el momento en el terreno de los juicios de apreciación valorativa sobre el acontecimiento. Lo positivo, allí y ahora, reside en que, oficialmente, el 73% de la población electora de Marruecos se vio movilizada por la convocatoria. Y que, además, un 98% de aquélla concedió su aprobación a la propuesta de reforma constitucional para el reino de Marruecos. Cierto es que esta aparente proeza ha podido pecar de una celeridad sospechosa y de un determinismo oligárquico que disgusta a no pocos europeos. Además, según datos que circulan estos días post-electorales, se calcula que entre 7 y 8 millones de votantes no han ejercido su derecho y obligación: por negligencia, desentendimiento, errancia nomádica o abstención premeditada. Con lo cual, el porcentaje de votos favorables al sí a la Constitución alcanzaría sólo un 45% del total de la población.
No menos evidente resulta que toda la operación reformista en Marruecos aparece envuelta -“prima facie”- en un convoluto lampedusiano. Recuérdese aquello de hacer como si las cosas hubieran cambiado para que todo siga realmente como estaba antes. De ahí que en muchos periódicos de prensa árabe con marcado sesgo izquierdista, cuando no islamo-radical, se haya comentado que el referéndum del 1 de julio sólo significa el triunfo de la “Constitución del Rey”. Estoy de acuerdo con estas reservas mentales -y otras- que son inevitables en la oposición soterrada al sistema y sus redes en Marruecos. También hago mías las luces y sombras que arrojan las candilejas sobre el escenario político del reino de Marruecos desde 1956 en adelante, en particular durante los “años de plomo”.
Se podría, empero, romper una lanza a favor del proceso reformador que acaba de celebrar su botadura oficial con el espaldarazo recibido por parte de la población del reino de Marruecos.
Advertencia, no obstante: cae de nuevo la responsabilidad de los hechos (porque se haga, o no se haga, lo que se debe) sobre los hombros del Rey y su entorno majzení, de la clase dirigente y de las clases medias en vías de consolidación. Si no se produce un adecentamiento del país de acuerdo con los parámetros que fijan el Estado de Derecho y el respeto a los derechos humanos; así como el culto al “Espíritu de las Leyes”, o distinción nítida del campo de actuación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial; si el acontecimiento que tenemos a la vista en España, en Europa, en Marruecos y en el Mundo Árabe a la larga, no pasa de ser un meticuloso revoque de fachada, la decepción que causará tal constatación será proporcional a las esperanzas que ha despertado la transformación pacífica y gradual de Marruecos en una Monarquía constitucional y -¿ por qué no?- realmente democrática en el futuro.
TEMAS RELACIONADOS: