Miércoles 06 de julio de 2011
La presunta amalgama de sensibilidades agrupadas en torno a Bildu ha quedado fagocitada por el brazo político de ETA. Por otra parte, nada nuevo: una historia que se repite en Europa desde los años treinta. Quienes lo advirtieron en sazón, por desgracia, estaban en lo cierto. Es posible que hubiese algún alma inocente que confiara que el abandono de la violencia fuera sinónimo de libertad y democracia pero no es el caso. Quienes así pensaban ya pueden lamentarse de su error. Se tarta de un simple ajuste táctico. Los eusko-nazis han enfundado las pistolas porque estaban perdiendo pero mantienen su ideología totalitaria y sus métodos autoritarios. Retirada de banderas, exhibición de fotos con terroristas encarcelados, prohibición de que los escoltas presten servicio a sus protegidos y acoso a cargos electos no nacionalistas -caso del único edil popular en Elorrio-; esta es su tarjeta de presentación. Y como colofón, la indiferencia abertzale ante el destrozo perpetrado contra el monumento funerario de Juan Mari Jáuregui.
Han transcurrido pocas semanas desde las elecciones, pero la lista ya es larga, aunque lo anteriormente esbozado debería bastar para que Alfredo Pérez Rubalcaba cumpliese su palabra de que actuaría contra Bildu en la primera ocasión que esta formación violase la ley. Indicios hay de sobra. Y convicciones, también. Por otro lado, gran parte de la judicatura hizo gala de un escrupuloso rigor garantista para habilitar a Bildu. Dicho rigor debería tornarse ahora en contundencia legal ante la evidencia que se cierne sobre las actuaciones de la nueva marca de ETA. No hacerlo puede convertir las declaraciones del señor Rubalcaba en una profecía siniestra: podemos haber ganado la guerra para perder la paz. Y la libertad. La dejación e inacción es tanto como permitir que la banda terrorista pueda volver a marcar el tempo en las instituciones. Si es que no lo está haciendo ya.
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