Opinión

Fútbol y Poder

Miguel Ors | Miércoles 02 de abril de 2008
El fútbol genera influencia y poder: de ahí su importancia. Ángel María Villar, que como acaba de demostrar de tonto no tiene ni un rizo, quiere el poder que ostenta, y que es trinitario: vicepresidente de la FIFA y de la UEFA y presidente de la Federación Española de Fútbol. El poder es siempre colchón dulce y delicioso. Villar, gracias al fútbol, es alguien en España y en Europa, y en Europa más que en España.

- Ángel -me reiteran miembros de la FIFA- tiene ideas y es trabajador.

Ángel María Villar, en España, sin embargo, es discutido, y lo es por razones varias, algunas de las cuales -la verdad es que casi todas- no tienen nada que ver con el funcionamiento del fútbol y sí mucho que ver con las transmisiones de fútbol por las cadenas de televisión, que el telefútbol es tal vez, o sin tal vez, lo que el oro para Sudáfrica: la primera mina de oro o de euros, que tanto da, para quien lo tele emite. Las cosas son así. Villar, por lo que sea, y en eso no me meto, le plantó cara y tipo hace años a quien en España, ayer y hoy, en teoría se cree "más" en influencia y poder que Villar. Choque, pues, de poderes. O de soberbias. O de las dos cosas a la vez.

Villar, ciertamente, ha logrado lo que quería: demorar las elecciones a la presidencia de la Federación Española de Fútbol. Y el CSD que preside Jaime Lissavetzky, en mi opinión, ha sido inteligentemente diplomático acabando con un "pulso necio y peligroso". La diplomacia nunca debe considerarse sinónima de derrota, sino de inteligencia. Gracias a la paz entre Villar y Lisavetzky, la selección española estará en la Eurocopa, y esto es realmente lo satisfactorio y lo que hay que celebrar.

Villar, hasta hoy, también esto es verdad, ha ganado todas sus batallas: le ganó la presidencia de la FEF a Gerardo González, ser humanamente preñado de pinchos nada humanos, luego ingrato; le ganó la batalla de la televisión a quien se consideraba más fuerte que él (la soberbia es peligrosa como un ciempiés); ha ganado otras batallas menores. Y hoy, naturalmente, tiene ígneamente irritados a quienes no saben perder y son, en algunos casos, ujieres de sus amos y de sus rencores.

Acabo (por hoy). Jaime Lissavetzky, que tal vez siga en la nueva legislatura siendo el secretario de Estado para el Deporte, se merece de nuevo nota alta por su "sabia diplomacia". Ha resuelto un problema.

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