Sábado 09 de julio de 2011
Alfredo Pérez Rubalcaba será proclamado hoy sábado candidato socialista para las próximas elecciones generales. Ese será su rol principal a partir de ahora. Atrás quedan los de ministro del Interior, vicepresidente del Gobierno y portavoz, cargos de los que dimitió ayer viernes. Poco o nada de lo que sucede en el Ejecutivo presidido por José Luis Rodríguez Zapatero guarda mucha relación con parámetros razonables, y la dimisión de Rubalcaba no iba a ser una excepción. El propio candidato reconocía que su decisión de abandonar el Gobierno era conocida por Moncloa desde finales de mayo. Tiempo suficiente para haberle buscado sustituto o sustitutos rapidamente que le permitiesen llevar a cabo su labor de candidato sin descuidar sus obligaciones de gabinete.
Obligaciones que han sido claramente desatendidas. La dejación de funciones ha sido patente en temas tan relevantes como las concentraciones ilegales del 15-M, los disturbios provocados en las inmediaciones de parlamentos autonómicos y consistorios y su reacción antisistema en los desahucios de viviendas. El denominador común en todos los casos citados ha consistido en faltar a uno de sus deberes principales: hacer cumplir la ley. En algún caso, ignorando incluso resoluciones del Supremo. Parece innecesario subrayar la enorme gravedad de una dejación de tal naturaleza. Tampoco ha ejercido de forma adecuada ni como vicepresidente ni como portavoz. Y nada de esto era preciso. Las aspiraciones del señor Rubalcaba son muy legítimas, pero no a costa de acaparar cargos en detrimento de la gobernabilidad de un país. De hecho, seguirá en esos cargos de modo provisional hasta que se designe quien le reemplace. Una prueba más de la provisionalidad que caracteriza la ejecutoria del Gobierno.
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