SEPARACIÓN DE PODERES
Sábado 09 de julio de 2011
Su círculo más íntimo ha recibido el mensaje. A Zapatero le gustaría desaparecer o que le hicieran desaparecer. Nunca ha sido fácil ni siquiera para el maestro Houdini ni para su dilecto discípulo contemporáneo, el ilusionista de la jet David Copperfield. Y no nos consta que Zapatero tenga poderes mágicos.
La idea empezó a rondar la cabeza de Zapatero aprovechando la lectura del libro de Enrique Vila-Matas titulado Doctor Pasavento. El protagonista admira al escritor Robert Walser quien empeñó su vida no en pasar desapercibido, no en retirarse del mundo cual eremita, sino sencillamente en apartarse y desaparecer. Que nadie pregunte por tí, que nadie te eche en falta, que nadie te busque y, en fin, que nadie te recuerde ni para bien ni para mal. El Doctor Pasavento, que en realidad no se llama así, dice en algún momento: “Lo que yo quiero es seguir existiendo sin ser molestado”. Pero Zapatero se contenta con menos pues ni siquiera se plantea continuar existiendo. Sólo desea que se le olvide, que su nombre sea borrado de los periódicos y del Diccionario de la Academia de Historia (o de lo que quede de él con tanto censurador aficionado dispuesto a pasar el aspirador).
Zapatero se conmovió al leer las palabras que le hubiera gustado juntar: “Es posible que ya nadie, a partir de hoy mismo, tenga noticias de mí nunca más... Quiero esconderme de todo y de todos, no tener que aparecer más en público, ni tener que vivir en medio de las desesperantes intrigas del mundo político (decía literario pero lo sustituyó)”.
De pronto, desapareció. Se evaporó. Sus fotografías se difuminaron y su cuerpo se esfumó. Convertido en ceniza no fue capaz de dejar ninguna huella (y además ni escribió un libro ni plantó un árbol). Y no fue recordado. De pronto nadie era capaz de repetir su nombre ni ponerle cara ni imitar su voz. Ni siquiera como fantasma resultó creíble pues la Unión General de Sindicatos de Fantasmas (UGSF) no le permitió afiliarse al conocer su antiguo nombre. Sólo le quedaba descansar en el límite del universo en donde no te preguntan siquiera qué sabes hacer. Nada, dijo aquél. Sólo ansío vivir oculto, sin nombre, sin identidad. Sólo pretendo que olviden que pasé por allí algún día... y lo que dicen que hice.
Oiga... y se olvidaron.
Quizás es que nunca estuve allí.
P.S.: Algún día me levanto con convulsiones. Aquí no llegan demasiados visitantes pero me estremece pensar que alguno pudiera reconocerme. Quizás deba aceptar la invitación del cirujano plástico y cambiarme cejas, nariz y boca; tal vez también debe hacer caso al foniatra y cambiar la voz; no basta con el sombrerito Panamá que me he puesto ni haberme teñido el pelo de rubio fashion.
¿Es verdad, como aseguraba Flaubert, que todas las moscas son distintas? Pues me gustaría ser igual que el resto de las moscas pero... las cejas me delatan.
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