Opinión

La deuda americana: de Hamilton a Obama

Martes 12 de julio de 2011
Alexander Hamilton no llegó a convertirse en presidente de los Estados Unidos, pero es uno de los padres fundadores de aquélla nación que más han marcado el camino que han seguido desde entonces los EE.UU. Una de sus medidas más audaces y relevantes fue hacer frente, contra todo pronóstico, a toda la deuda acumulada durante la guerra revolucionaria. Esa determinación fue muy criticada, porque benefició a unos pocos que seguían creyendo en la promesa de aquél papel, que estaba muy devaluado y se vendía casi al peso. Pero Hamilton sabía muy bien lo que hacía. Había asentado el crédito del gobierno federal de la joven nación, y con ello le había otorgado un poder del que antes carecía.

A partir de ahí, los Estados Unidos han continuado por la senda del buen crédito, excepción hecha de la Guerra de Secesión. Ni la primera guerra mundial ni la segunda lograron arruinar la credibilidad del Tesoro de los Estados Unidos. Pero la explosión de gasto federal de las dos últimas presidencias lo han puesto definitivamente en peligro. Pues el aumento desaforado de la deuda ha llegado en un momento en que el resto de Occidente tiene el mismo problema. Y siempre por las mismas causas: la crisis ha detraído a los Estados de ingresos y la generalizada apuesta keynesiana por la salida de la recesión ha hecho crecer el gasto. En España conocemos bien esa situación, que este lunes nos ha hecho sufrir una vez más. La prima de riesgo española ha llegado a superar los 330 puntos y está ya en unas cotas muy peligrosas. Italia tiembla ante la posibilidad, antes insospechada, de que su situación pueda incluso ser peor que la de nuestro país.

En Estados Unidos el nivel de deuda se limita por ley. El crecimiento de la misma hacia el techo de deuda obliga a la Administración Obama a una disyuntiva: o el aumento de ese techo o los recortes. Porque la otra opción es el impago. Los republicanos, mayoritarios en ambas cámaras, se inclinan a seguir las preferencias de sus votantes, que no quieren saber nada de más gasto federal. Y han comprobado, en elecciones anteriores, que, cuando no lo hacen, lo pagan en las urnas. A pesar de ello, han ofrecido una salida razonable: apoyan una subida en el techo de deuda a cambio de un plan creíble de reducción del déficit en los próximos años. Pero, ni los demócratas, en minoría, ni el propio presidente Obama están, por el momento, por la labor. De cómo resuelvan ambos partidos y el Presidente esta situación depende que el legado de Alexander Hamilton permanezca o termine derrumbándose.

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