Opinión

Turbulencias financieras críticas en Europa

Miércoles 13 de julio de 2011
El diferencial de la deuda pública española llegó a alcanzar ayer los 370 puntos, cifra nunca antes vista. Los aprietos en que se vieron ayer las economías italiana y española -sobre todo ésta última- van más allá del mero efecto contagio del rescate griego. Cierto es que dicho efecto contagio era un factor ya descontado, por lo que sus consecuencias eran más o menos previsibles. Pero de la hecatombe en los parqués españoles de ayer no puede culparse sólo a Grecia, la banca y los especuladores, como sugería el señor Zapatero. Las responsabilidades han de caer también del lado del Ejecutivo que aún preside, que fue incapaz de adoptar medidas contra-cíclicas, en los momentos de abundancia, reaccionar con rapidez ante la crisis y ahora no genera la confianza suficiente. Dicho de otro modo, los mercados no se fían de que España vaya a ser capaz de afrontar todas y cada una de sus obligaciones de pago. Y debemos ser conscientes que los mercados no son los siniestros conspiradores enlutados de los chistes de Forges; los mercados somos todos, millones de pequeños ahorradores incluidos.

Eso no sucede en otros países de la Eurozona, donde este tipo de sobresaltos son bastante menos acusados. El Tesoro está obligado a colocar más de 40.000 millones de euros de aquí a final de año para poder seguir financiándose. Con el nivel que alcanzó ayer el riesgo país, tendrá que pagar 800 millones sólo en intereses durante el primer año. Este repunte de la prima de riesgo no sólo tendría un impacto demoledor sobre las arcas públicas, sino también en el sector privado. Si la banca no obtiene préstamos de los inversores, tampoco los concederá a empresas y particulares -de hecho, ya está actuando así-, y a nadie escapa que la restricción en el crédito supone un obstáculo de considerables proporciones para la recuperación económica y la creación de empleo. Aunque no fuera definitivo, sí habría ayudado el haber emprendido en su momento las reformas precisas. Con un mercado laboral anquilosado, con casi cinco millones de parados, con una deuda autonómica exorbitante y con un Ejecutivo que únicamente recurre a parches y cortinas de humo, estas turbulencias se capean mucho peor.

En todo caso, debemos ser conscientes que la situación del Euro, y de la Unión Europea, en general, es crítica y precisa de una actuación decidida, profunda y sistemática de la Unión. La solución de la crisis es, además de disciplina económica, mayor flexibilidad, liberalización y productividad, mayor coordinación de las políticas fiscales; en suma, un salto adelante hacia una unión más cohesionada.

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