Viernes 15 de julio de 2011
La semana pasada la Jefa de Estado de Brasil, Dilma Rousseff, le ofreció al convaleciente presidente de Venezuela, Hugo Chávez, la posibilidad de tratar su cáncer en el Hospital Libanés de Sao Paulo, el mismo donde su colega paraguayo, Fernándo Lugo, se trató con éxito un linfoma no Hodgkin. Por lo visto, el mal que padece el gobernante podría ser mucho más delicado de lo que se espera o da a entender, ya que es evidente que no quiere entregarse ciegamente al sistema de salud cubano, el cual pese a tener excelentes profesionales, es indudable que han de hacer frente al atraso que les condena el régimen de los hermanos Castro.
Es evidente que Chávez, para iniciar el largo tratamiento, prefiere verse en Brasil -país emergente pero que dispone de los últimos avances y la tecnología de punta- más que confiar en esa medicina cubana que tanto le ha metido por los ojos a los ciudadanos venezolanos. No cabe duda que el muy promocionado intercambio petróleo por médicos, que puso en marcha a inicios de su mandato, no se aplica a él. Más aún si cabe, al darse a conocer que médicos venezolanos por vídeo chat dirigieron una de sus intervenciones quirúrgicas y que el oncólogo español de Fidel Castro, fue el responsable de otra. Hasta el propio Castro es consciente de las limitaciones de su sistema de salud.
Este editorial no pretende desestimar la profesionalidad de los médicos de la Isla, que como mucho en América Latina llegan ha obrar verdaderos milagros con muy escasos recursos. Esta reflexión va orientada hacia la hipocresía y la farsa de los regímenes como el venezolano que defiende premisas con las que a la final no comulgan. Una de las claves de las relación Caracas-La Habana, era el trueque salud por crudo, lo que llevó a que misiones como “Barrio Adentro”,-una iniciativa que no cuestionamos en los absoluto porque supone llevar asistencia sanitaria a los más necesitados-, se encuentra minada de médicos cubanos, al igual que los vuelos fletados de pacientes venezolanos para someterse a operaciones ambulatorias en la isla.
La otra contradicción, que es la que más dudas siembra, es que Chávez, gran defensor del pueblo de Bolívar, se niega tratase con oncólogos de su país, muchos de ellos titulados en las más prestigiosas universidades del mundo. ¿Será que tampoco confía en ellos? o ¿quizá teme que se sepa demasiado sobre su enfermedad? Lo único seguro, es que Chávez se va a ver con el mismo equipo que revisó, hoy por hoy un sano Fernando Lugo, dándole la espalda a la medicina cubana que tanto promovió, mientras los médicos venezolanos viven en una constante huelga, por las condiciones de precariedad de la abandonada sanidad pública venezolana, que carece de los medios básicos para tratar a enfermos de cáncer como Chávez, pero que a diferencia del gobernante, no disponen de una maleta de petrodólares para financiar un tratamiento.
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