Opinión

Veinte años no es nada

Alieto Guadagni | Viernes 15 de julio de 2011
Uno de los tangos más bellos de Carlos Gardel y Alfredo Lepera fue “Volver”, donde se canta “sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada…..”, pero esta nota no evoca la poesía tanguera sino algo distinto: la realidad energética argentina. La producción energética está desde hace años en una fase de retroceso, especialmente en hidrocarburos, fruto de una descapitalización caracterizada por el agotamiento de las reservas como consecuencia de políticas y decisiones de gobierno que han evidenciado en los últimos años su incompatibilidad con la preservación del autoabastecimiento.

La producción cae porque se achican las reservas, y estas a su vez caen porque se evapora la inversión en exploración, por esta razón en los próximos habrá que afrontar un escenario más exigente que hasta el presente, ya que la descapitalización por agotamiento de las reservas requerirá de un gran esfuerzo de inversiones, al mismo tiempo el creciente desfasaje entre precios y costos en todos los segmentos de la actividad energética, se convertirá en una cuestión de muy complejo manejo político durante el próximo periodo de gobierno. Desde el punto de vista institucional el prevaleciente modelo de “capitalismo de amigos” en el área petrolera ha evidenciado ya su incapacidad para movilizar, como en Brasil, capitales de riesgo que expandan la frontera productiva, ya que su objetivo principal fue simplemente la “captación de rentas petroleras” por los allegados al poder y no la creación de nuevas rentas genuinas por incremento en las reservas aportadas por el esfuerzo inversor. El escenario se complica todavía aún más cuando se observa que el precio internacional del petróleo no solo ha subido, sino que las perspectivas son de mantenimiento de altos precios en el futuro. Ya terminó en Argentina un ciclo de dos décadas caracterizados por energía “abundante, barata y exportada”, y lamentablemente comenzó un distinto ciclo largo de energía “escasa, importada…y cara”; se han evaporado en los últimos años las exportaciones energéticas y han trepado sin pausa las importaciones. Por estas razones este año volveremos, después de más de 20 años, a tener nuevamente déficit energético en la balanza de comercio exterior.

Es pertinente plantear el siguiente interrogante: Estamos en presencia de una “maldición geológica” de inevitable agotamiento de los recursos de hidrocarburos, o estamos afrontando crecientes costos causados por una política energética que desde el año 2003 desalienta la producción nacional y estimula costosas importaciones? Señalemos que claramente no se trata de un problema geológico sino de graves desaciertos en la política energética de los últimos años; si bien es muy positivo observar que desde el 2003 el consumo de combustibles, gracias a la fuerte expansión económica, trepa más del 65 por ciento, lo grave es constatar que, mientras desde el descubrimiento del petróleo en 1907 en ninguna década del siglo XX habían caído ni la producción de petróleo o de gas, los últimos años son los únicos en que esto por vez primera ocurre en Argentina: en petróleo hoy producimos un 25 por ciento menos que en el 2000 y en gas 14 por ciento menos que en el 2004. Desde el 2003 las reservas de petróleo se achicaron un 20 por ciento y las de gas más de la mitad, como consecuencia del colapso en la inversión exploratoria que se reduce nada menos que un 75 por ciento, a pesar de precios del petróleo que ahora son cuatro veces mayores a los del pasado. La empresa líder (Repsol-YPF) encabeza esta caída, que en el caso de gas es muy grave, ya que, después de Rusia, somos el país más dependiente del consumo de gas (nada menos que la mitad del consumo total energético). La descapitalización del sector energético argentino tiene ya una gran importancia económica equivalente nada menos que al valor monetario de toda la tierra hoy bajo cultivo (30 millones de hectáreas); todo esto ha sido claramente señalado desde hace ya tiempo por el grupo de los 8 ex Secretarios de Energía, no con ánimo negativo sino como una razonable alerta precautoria para definir sin más demoras una nueva política de inversión y producción de hidrocarburos

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