CRÍTICA
Domingo 17 de julio de 2011
Fernando del Rey (dir.): Palabras como puños. La intransigencia política en la Segunda República española. Tecnos. Madrid, 2001. 680 páginas, 25€
Muy de tanto en tanto, en las aguas -decir que estancadas sería falso- de la historiografía española cae una piedra. Si ésta tiene consistencia lo usual en nuestros predios es que genere repulsas y urticarias, entusiasmos acríticos o juicios de intenciones más o menos descalificadores.
Algo de ello amenaza con pasar con la obra dirigida por Fernando del Rey. Ya ha habido quien, aficionado a lanzar anatemas, la ha equiparado, sin más, al Ernst Nolte de la guerra civil europea y, por supuesto, al más innoble de los revisionismos. En buena medida ello es así porque el tema -la Segunda República y las causas de su frustración como tentativa democrática- es delicado y la toma de posición ha adquirido -o, quizás sería mejor escribir que ha recuperado- un nítido sentido identitario. Tras la erosión sufrida por la Transición como lugar de memoria consensuado por, y para, los españoles en el tramo final de la pasada centuria, la memoria de la República se ha convertido en un ámbito de confrontación. A pesar de que los historiadores profesionales llevan años enfocando con rigor la complejidad del proceso vivido -desde Santos Juliá a Rafael Cruz, por citar un par de nombres-, a la República, la del 14 de abril, se la venera o se la denigra, se la recuerda como un episodio inmaculadamente democrático o se la considera, mediante un explícito a priori, como un régimen sectario incapaz de integrar y de incrementar los consensos que la hicieron posible en la primavera de 1931.
En Palabras como puños, Del Rey ha congregado a una serie de destacados historiadores, no diré que jóvenes pero sí que representativos, de una hornada que está tomando el relevo a los maestros, para proceder a analizar los maximalismos presentes en la práctica totalidad de los discursos de movilización, entendiendo que tales intransigencias discursivas alimentaban las lógicas de exclusión y fueron determinantes en el colapso institucional republicano.
La segunda de nuestras breves repúblicas llegó en un contexto internacional, el de principios de la década de 1930, desfavorable. Desde 1914 el mundo del siglo XIX, nada beatífico, había quedado atrás. Lo que vino después, de 1917 a 1933, pasando por 1922, no fue mejor: un marco europeo presidido por la brutalización de la política, la operatividad de las lógicas binarias que confrontaban el Bien al Mal y la transformación de la guerra, de instrumento de confrontación entre Estados, en herramienta de cambio social radical. Por lo demás, en España, el régimen surgido de las cenizas de la monarquía mantenía, in nuce, su carácter de promesa de redención perpetuamente aplazada. La democracia radical y federal decimonónica había dejado, en los nuevos republicanismos de inicios del XX, ese poso cultural que añadía, a lo que pudiera ser una modalidad de organización institucional, todo el recio sabor de las propuestas de advenimiento de un orden inédito y liberador: escuela, laicismo, reforma social, inserción de España en la comunidad de naciones europeas, rectificación de los efectos sociales de las desamortizaciones agrarias del XIX...
Palabras como puños, como les decía, analiza, críticamente y con solvencia, los discursos de los principales actores políticos en la Segunda República. Desde los anarquistas a la derecha confesional, desde los socialistas a los policías, desde los nacionalistas catalanes de izquierdas a los intelectuales. A mí, no obstante, me quedan unas cuantas dudas y algunas de ellas las reflejaré como preguntas. ¿Están todos? ¿Se atiende a todas las voces? Aunque en casi todos los capítulos aparece la Iglesia católica, ¿no hubiera merecido ésta un texto específico dado su protagonismo discursivo en la lógica de confrontación e intransigencia a la que se alude como factor decisivo en el desastre? Por lo demás, en las diversas culturas políticas en juego, ¿qué peso tenían las razones maximalistas en relación a las menos dadas al sectarismo? ¿Hasta qué punto la dialéctica envenenada de la confrontación social concedió el protagonismo al dogmatismo, la intransigencia y la exaltación? ¿Puede asegurarse que la patrimonialización de la república por la izquierda reformadora incapacitaba al régimen nacido en 1931 para pasar de la condición revolucionaria a la de democracia pluralista? ¿En qué escenarios la conquista de la democracia estuvo exenta de, pongámonos retóricos, sangre?
Para responderme, daré un breve rodeo por la patria de todas las Repúblicas, la francesa. “En una inversión destinada a repetirse en la historia del republicanismo, la dificultad de la República para integrar algunos de sus ciudadanos se transformó en dificultad de la gente a integrarse”. Es ésta una glosa que Chloé Gaboriaux dedica a las páginas en las que el histórico líder republicano francés Jules Ferry analizaba, en 1863, el voto, ostensiblemente no republicano, del campesinado. Si el paysan, encarnación de la Francia eterna, no votaba a los candidatos republicanos no era, sostenía Ferry, porque éstos no respondiesen a los anhelos profundos y objetivos de los jornaleros, aparceros y pequeños propietarios, sino porque todos ellos eran, en términos de cultura cívica republicana, asociales y apolíticos. Estaban, como ciudadanos, por hacer. Cierto, la lenta construcción de las democracias dio ocasión, en sus fases iniciales, a una paradoja dolorosa. El pueblo no respondía adecuadamente a las pretensiones de los profetas de la libertad positiva y éstos descargaban su ira -retórica- sobre el pueblo atrasado, sometido a la atracción de la parroquia y su campanario. La transferencia de responsabilidades, en numerosos casos, bloqueó las posibilidades de avance. Afortunadamente, Ferry rectificó y no se limitó a asumir un rol profético, aquél en el que los republicanos se consolaban asegurando que los campesinos mañana -sin precisar cuándo- serían republicanos. En rigor, fue el republicanismo francés, en sus plurales expresiones, el que se enmendó. Ayudó, qué duda cabe, el hundimiento del Imperio, la derrota en la guerra francoprusiana y la brutal represión de los communards parisinos a cargo de los versaillais. Lo cierto es que la Tercera República se estabilizó, a lo largo de la década de 1870, aunque para ello tuviera que dejar atrás muchos de los rasgos que le conferían la condición de esperanza popular.
Claro que todo esto pasó en el último cuarto del ochocientos y que la problemática a la que se enfrentan Del Rey y la pléyade de excelentes historiadores que le acompañan en la aventura intelectual que es Palabras como puños es una historia, como les decía, del siglo XX. Un libro que no se puede despachar con anatemas. Una obra con argumentos para el debate. Un texto que leerán con provecho, créanme esta vez, los lectores de Los Lunes de El Imparcial.
Por Ángel Duarte