Opinión

Somalia: el desastre humanitario más grande del mundo

Rafael Ortega | Domingo 17 de julio de 2011
En Somalia se está consumando el desastre humanitario más grande del mundo, ya que diez millones de personas tienen urgente necesidad de auxilio. El representante de la Santa Sede en ese país africano, el obispo Giorgio Bertin, ha declarado en Radio Vaticana, que cuatrocientos mil somalíes malviven hacinados en el campo de refugiados de Djibuti, mientras esperan la ayuda urgente de alimentos para no morir de hambre. “Cientos de miles de hombres, mujeres y niños están huyendo a países cercanos en búsqueda de agua y comida, mientras el mundo continúa sin piedad las especulaciones para hacer subir los precios de los alimentos”, se lamentó el obispo. “La situación de sequía en Somalia está particularmente agravada por el hecho de que ya son 20 años en los que ha hecho falta una autoridad, un Estado, sobre todo en la región centro-sur del país africano”.

Según monseñor Bertin , “la falta de autoridad provoca que los efectos de la sequía, que está golpeando también algunas partes de los países vecinos, sean tan devastadores en Somalia, donde hay inseguridad y se dan continuos combates entre grupos diversos. Es difícil hacer llegar las ayudas a causa de la falta de seguridad, aunque últimamente la organización islamista Al Shabab -que controlaba gran parte de esta zona-, ha señalado que cualquier ONG es bienvenida siempre que respete la cultura y la religión del lugar.
Una dramática situación, que no es nueva, y que ahora cuando estamos en pleno descanso estival y consumismo desaforado, nos tendría que hacer pensar, aunque sea solo unos momentos, en estos hechos que son consecuencia de la ambición de un primer mundo que mira únicamente a los beneficios económicos.

Por eso también me gustaría y de nuevo alabar el trabajo de los miles de misioneros españoles que entregan su vida por esos millones de personas que sufren. Precisamente esta semana ha finalizado en Burgos la 64 edición de la Semana Española de Misionología, a la que han asistido hombres y mujeres representantes de los 14.000 misioneros españoles que hay repartidos por el mundo de los que se benefician muchas comunidades sin recursos, aunque sus esfuerzos no se ven recompensados cuando vuelven a nuestro país, pues trabajan sin condición de contratados y, por lo tanto, no cotizan a la Seguridad Social, por lo que “ellos mismos” pasan a formar parte de ese colectivo al que ellos antes ayudaron. A su regreso “no tienen derecho a una jubilación contributiva aunque hayan consagrado su vida al servicio de la Humanidad y del bien común”, según asegura Anastasio Gil, secretario de la Comisión Episcopal de Misiones de la Conferencia Episcopal Española.

He conocido y he compartido con muchos de estos misioneros sus trabajos y sus penurias en varios países africanos, como Kenia, Benín, Togo y Madagascar y puedo asegurar que entregan su vida a transmitir el mensaje de Cristo alrededor del mundo. Pero, su cometido no sólo es evangelizar, también educan a sociedades con graves deficiencias culturales, ayudan a los más necesitados y acompañan a los enfermos. Son los misioneros. Religiosos y laicos que abandonan las comodidades occidentales por una vida dedicada al prójimo.
Pidamos por ellos y en estos momentos sobre todo por los que trabajan en Somalia.

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