Juan José Laborda | Domingo 17 de julio de 2011
Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) se ha convertido en uno de los autores literarios de referencia en estos años. Sus novelas, cuentos y relatos (y sus anteriores poemas) gozan del aprecio del público lector, y también, de la crítica especializada. Títulos como “Fuegos con limón”, “El trompetista del Utopía”, “Vida de un piojo llamado Matías” o “El vigilante del fiordo” han alcanzado ediciones con tiradas muy grandes, fueron traducidos a otros idiomas, y alguno de ellos, además, fue llevado al cine.
Una gran calidad en su obra explica su éxito. Su estilo literario desmiente la teoría de que los lectores prefieren las formas fáciles, obras escritas con rapidez y con argumentos sensacionalistas. Aramburu es un autor muy culto, que pule las frases de su prosa con el cuidado de un poeta, y que, sin embargo, da al lector una escritura clara, desprovista de efectismos, clásica por eso.
Me parece que se encuentran en sus libros argumentos morales que aumentan su atractivo, en unos tiempos ansiosos de seguridad. Fernando Aramburu ha definido sus gustos y sus convicciones, alejados radicalmente de las convenciones habituales. Hay un personaje de una de sus novelas que confiesa algo que tiene relación con su pensamiento: “El dolor tiene el mismo misterio que una pata de pollo”. Esa desacralización del mal, al humanizar el sufrimiento, se sitúa en el mismo nivel que este otro pensamiento suyo: la poesía ni está “cargada de futuro” (como afirmó Celaya, al que admira), ni tampoco “mueve los pueblos” (algo que sostuvo el fascismo literario italiano y español). Aunque sostiene que las convenciones secan el arte, sin entrar en más consideraciones, Aramburu, en mi opinión, tiene los principios morales de un kantiano, en otras palabras, cree en el Estado de Derecho, en el libre arbitrio y en unas leyes comunes para toda la humanidad, o sea, defiende los derechos del ciudadano.
Esta apreciación sobre su moralidad kantiana (que supone un enérgico individualismo ético) se sustenta en sus dos libros más conocidos: “Los peces de la amargura” y “Viaje con Clara por Alemania”.
“Los peces de la amargura” constituye un conjunto de relatos sobre las víctimas del terrorismo, y también, sobre sus asesinos en el País Vasco.
Me produjo una impresión enorme, parecida a la que tuve cuando leí el libro de Pedro Mari Baglietto: “Autobiografía póstuma de una víctima de ETA”, en el que cuenta el asesinato de su hermano Ramón a manos de un vecino de Azcoitia: al que había salvado de morir en un accidente de tráfico cuando era un niño. Años después, Kandido Aspiazu, su asesino, cuando salió de la cárcel condenado por ese horrendo crimen, abrió una tienda en el mismo portal de la casa donde vive su viuda, la concejala del partido popular, Pilar Elías.
El asco moral que produce la miserable existencia de Kandido Aspiazu se encuentra en los relatos de Fernando Aramburu: la pobreza moral de una parte de ese pueblo, que recientemente ha votado las candidaturas de Bildu. Ahora no se ríen de las víctimas, amenazándolas, sino que las comparan con los terroristas muertos o encarcelados. Desde un punto de vista ético, esa igualación, además de una bofetada a la memoria de asesinados como Baglietto, contiene la negación de cualquier principio moral. Vuelve a plantearnos la tesis de que esta democracia requiere algo más que respeto a las formas: la libertad se basa en un compromiso activo con sus principios. Bildu alega que se debe olvidar a las víctimas; las dos partes sufrieron; hay que mirar sólo al futuro. Recuerdan ciertas justificaciones de crímenes cometidos durante la represión franquista. Pero cuando se compara nuestra transición con lo que pretenden los adalides de Bildu, olvidan que la democracia de la Constitución de 1978, no se basó en un olvido pactado con la dictadura, sino que encontró en sus fundamentos legales la autoridad para encarcelar a los militares golpistas del 23-F.
“Viaje con Clara por Alemania”, aún siendo una obra diferente por su optimismo, significa algo complementario: un emigrante como Fernando Aramburu, casado con una alemana, escritora para más señas, narra un viaje por Alemania. Él es otro europeo, y desde esa pertenencia a un espacio común democrático, se descubren las semejanzas y las diferencias, en suma, el pluralismo de los individuos y de los pueblos. Aramburu escribe más allá de la Generación del 98: nada justifica la violencia de ETA en esta Europa en la que nos encontramos (con todas las consecuencias).
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