José Eugenio Soriano García | Miércoles 20 de julio de 2011
Estoy en Bolonia, la esplendida ciudad -medieval – rena centista – decimononica. Y me dedico a un proyecto universitario. Nada más oportuno, desde luego, si bien, avisare al lector poco preparado que, paradójicamente, la Universidad de Bolonia... ha rechazado el plan Bolonia, ese que nuestros políticos (aquí incluimos a los Rectores) adoran, sin que hasta ahora se sepa muy bien por que. Eso es lo bueno de la corrección política, dicho sea de paso: se fijan posiciones dogmaticas, duras, inamovibles, sin que se sepan muy bien las razones; la corrección política actúa desde un magma de sentimientos vagos, que sin embargo calan en profundidad alli donde anidan y se imponen, incluso con violencia, eso si, añadiendo, un victimismo tal que la violencia y coacción se producen además como si se tratase de algo lógico y natural, es como una exigencia de la historia, esta última basada en sufrimientos y persecuciones imaginarias o reales (estas últimas, normalmente, atribuidas a los antepasados, pero como si nos la hubieran hecho a nosotros mismos). Merecería la pena dedicar un día un artículo a lo que este “pensiero debole” ha acabado provocando en todo el mundo, y su conexión con la corrección política y la falsificación de la realidad que ha venido a suponer, la negación de si mismo, la cobardia y la agresion como formas cotidianas de posicionarse. Y es que el relativismo asociado a la corrección política, siempre acaba generando ofuscación y envenenamiento de la realidad.
Comentando, como hago a veces en estos artículos, sobre la realidad cotidiana tal como me va aconteciendo, quisiera contarles la anécdota que ayer tuve ocasion de presenciar cuando un catedrático de Bolonia, recién llegado de 15 cursos en la Universidad de Venecia, comentaba sobre su estancia de año y medio en Barcelona, en presencia mía y de una profesora de Cataluña que paraba por aqui.
Nos comentó que un profesor de Barcelona le invitó a dar una conferencia sobre un tema de su especialidad. El pobre – así se autocalificó – luchó con su dominio del español y escribió su lección, que comenzó a dar en castellano. Entonces le interrumpió dicho profesor de Barcelona y le dijo que la diera en catalán, a lo que respondió el bolonio que desconocia esa lengua. Y la respuesta del catalán consistió en que diera la clase, ¡ de dos horas!, en... italiano. Los alumnos, bien incitados, apoyaron la iniciativa.
La consecuencia fue que: a) los alumnos no entendieron ni una palabra b) en consecuencia se tiró todo el esfuerzo del profesor italiano c) se tiró el tiempo y el resultado fue completamente ineficiente d) su malestar por todo ello fue patente e) no volvió a ofrecerse y su juicio sobre la Universidad de Barcelona era más o menos el que se pueda tener sobre una Universidad de... (ponga aqui el sitio que se le ocurra).
Al parecer el profesor de Barcelona le comentó que lo importante era “defender los principios”, no que el resultado fuera bueno.
Esto último ya es escandaloso, porque con dinero publico no se puede apostar por tener resultados malos ni se debe en modo alguno jugar con frivolidad. Si se trae a un especialista es para lograr objetivos públicos, en este caso mejorar el conocimiento de los alumnos.
Pero la cuestión es ¿ Y cuales eran esos principios? No desde luego defender la lengua catalana, - principio positivo -porque la lección se impartió en italiano. No. El principio era negativo: que no se oyera el castellano. Era un principio meramente destructor, negativo, que no aportaba nada.
Y esa es la situación. Resueltamente el nacionalismo acaba de una u otra manera en actitudes de pura coacción, negativas, y encima doloridas ya que en el fondo de ese complejo de inferioridad, late además bastante violencia. Se trata de la exclusión, del rechazo, del monopolio. De eso se trata.
Pude además comprobarlo cuando la profesora de Barcelona saltó para decir que la tesis del profesor de Bolonia, -que indicó que en la Facultad de Venecia, de donde provenia, todo el mundo hablaba veneciano pero que sin complejos usaban el italiano como lengua comun y externa – podía ser cierta ahí, pero no en Barcelona “porque el Veneciano es un dialecto y el catalán una lengua, un idioma”. Contestó con alguna severidad el profesor italiano, recordando entre otras cosas, que la profesora catalana ni conocía lo que era el Veneciano y que no se le ocurriera decir más tonterías; y añadiendo que Venecia formaba parte de Italia mucho menos tiempo que Cataluña de España.
Calló la catalana, abrumada. No sabía efectivamente que el Veneciano es tan lengua como el catalán, desconocía la historia de Italia – probablemente, añado, ni la de España- pero finalmente, aunque nada dijo, creo que guardó para si su superioridad epistemológica basada... en la nada. Quizás movida un poquito.
Viajar parece que ayuda a aprender. Y si no se va en grupo, sino que cada uno tiene que ver por si mismo la realidad, mucho mejor.
Yo asistí con alguna tristeza a aquella situación. Esto es lo que hay. El Gobierno nunca ha producido una idea que ayude a mejorar las cosas, porque se mueve, solo en la correccion politica. Algún día quizás algún indignado al menos en el plano intelectual, acabará diciendo que esta situacion no es posible y que la realidad es otra, por ejemplo, que los alumnos de aquella clase, que absolutamente todos entienden y hablan castellano como catalán, no se pierdan sus clases y sus conocimientos por la estupidez de la corrección política
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