Opinión

Strauss-Kahn o de la muerte civil

José María Herrera | Sábado 23 de julio de 2011
El día quince de Mayo fue detenido por la policía americana Dominique Strauss-Kahn, director del Fondo Monetario Internacional. El motivo, la denuncia de la camarera de un lujoso hotel de Manhattan que lo acusó de haberla agredido sexualmente. La noticia produjo gran conmoción por la relevancia pública del personaje, aunque no cogió de sorpresa a casi nadie. La fama de picha brava del magnate socialista alcanza los seis continentes. Tarde o temprano sus calenturas tenían que meterle en un lío. Que poco antes hubiera salido de rositas de una denuncia por el estilo, interpuesta por una colega del FMI que lo acusó de ocuparse de otros fondos amén de los monetarios, atestiguaba de alguna forma el carácter demasiado fogoso del denunciado.

Aunque la política francesa, se ha caracterizado últimamente por el recurso constante a la difamación, la denuncia ante los tribunales y las campañas mediáticas –práctica tenebrosa en la que ha destacado el propio Strauss-Kahn-, su procesamiento no fue atribuido en principio a ningún turbio tejemaneje. ¿Cómo poner en duda una denuncia que confirmaba uno de los axiomas ideológicos de la época, la tendencia del varón arrogante a echarlo todo a perder por culpa de su atávico machismo?

Figuras admirables, difíciles de engañar, como nuestro Vargas Llosa, se apresuraron a dar crédito a la noticia y a escribir cosas tremendas sobre la prepotencia de los poderosos y las prácticas de los nuevos señores. Ahora sabemos que, como Alonso Quijano con los galeotes, o si lo prefieren, como cualquier hombre honrado ofuscado por el mal, don Mario, siempre tan prudente, se dejó llevar esta vez por la indignación: la víctima de esta historia no era la mujer indefensa, sino el político omnipotente.

La sospecha de que Strauss-Kahn podía estar siendo objeto de una conspiración surgió de todas maneras muy pronto. Aunque Vargas Llosa no viera nada censurable en la forma en que el detenido fue exhibido ante los espectadores de todo el mundo, la puesta en escena dio mucho que hablar. Bernard-Henri Lévy la consideró un ejemplo de robespierrismo, o sea, una especie de “falacia ad hominem”, pero al revés. Si esta consiste en descalificar un argumento asociándolo a un hombre que despreciamos, el robespierrismo consistiría en descalificar a alguien ligándolo a un suceso que nos repugna. ¿Y qué más repugnante que el atropello de una mujer indefensa, camarera e inmigrante? Para Lévy la cosa estaba bastante clara: la prensa mundial estaba conduciéndose con Strauss-Kahn como las tricoteuses de la revolución, esas mujeres que se divertían haciendo calceta mientras los tribunales revolucionarios acumulaban sentencias de muerte.

Pero ¿quién y por qué querría quitarse de encima a Strauss-Kahn? El único beneficiado de la intriga parecía a primera vista Sarkocy. El director del FMI contaba con muchas papeletas para convertirse en candidato socialista a las próximas elecciones presidenciales de Francia. La prensa especializada pensaba de hecho que Sarkocy favoreció su designación para aquel cargo a fin de apartarlo de la política nacional. Claro que existían otras posibilidades. Strauss-Kahn se había vuelto muy molesto. Su propuesta de desdolarización de la economía mundial y su idea de que la causa primordial de la actual crisis es el modelo de gasto de los Estados Unidos –un modelo parecido al nuestro, o sea, una especie de “ancha es Castilla”- no gustaban en la Casa Blanca. Los últimos acontecimientos financieros confirman que sabía de qué estaba hablando. La mosca cojonera, por llamar así al depredador sexual, tenía razón. Ahora la pregunta es otra: ¿habrá aplicado Obama con él aquella táctica de la que ya les hablé en Junio de 2009 en mi artículo “El señor de las moscas”?

Todo esto son, por supuesto, especulaciones. Lo que no es especulación, sino azorante posibilidad sobre la que ha comenzado a hablarse en serio, es que el Tesoro americano esté en ese punto en el que puede llegar, como ha declarado una autoridad económica, a “desatender ciertos compromisos”. Algo que parecía imposible –siempre habíamos creído que los recursos y el crédito de los Estados Unidos eran ilimitados- , se ha convertido de pronto en una variable a tener en cuenta. La cosa asusta. Pero hay precedentes. Sin ir más lejos, Felipe II, amo de un Imperio donde jamás se ponía el Sol –un imperio condenado, pues, a achicharrarse- dejó de pagar a sus acreedores varias veces. Lo único que quizá haya cambiado desde entonces es que a los aguafiestas que anunciaban el desastre no se los neutralizaba por lo civil, como ahora, sino por lo religioso.

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