RESEÑA
Domingo 24 de julio de 2011
Flannery O’Connor: La buena gente del campo. Traducción de Marcelo Covián. Nórdica. Madrid, 2011. 70 páginas. 8 €
Incluida entre los mejores escritores estadounidenses del siglo XX, la sureña Flannery O’Connor (1925-1964) publicó por primera vez La buena gente del campo en la revista Harper’s Bazaar en 1955. El ambiente en el que creció O’Connor impregnó profundamente su producción literaria, compuesta por más de treinta relatos y dos novelas y cuyos personajes y escenarios son los propios del sur de los Estados Unidos.
En La buena gente del campo, O’Connor nos ofrece un pequeño fragmento, un cuadro, de la rutinaria vida de una familia sureña en una zona rural. La señora Hopewell gobierna su granja con la ayuda de los Freeman, venidos del campo para hacerse cargo de las necesidades de la hacienda. Joy, hija de la señora Hopewell, perdió una pierna en un accidente y vive en la casa de su madre a pesar de las diferencias entre ambas. La señora Hopewell no comprende que su hija no sea maestra o enfermera, sino “doctora en Filosofía”, o que se haga llamar “Hulga” en un acto de desprecio por su nombre original.
El título de la novela alude a la consideración que los Freeman merecen a la señora Hopewell: quizá el matrimonio de arrendatarios no sea perfecto –en especial la señora Freeman, quien se caracteriza por su afán de inmiscuirse en cualquier asunto– pero, sin duda, son buena gente del campo, sal de la tierra, personas necesarias para que el mundo siga girando. La apacible atmósfera que domina en el inicio de la novela se altera a partir de la llegada de Manley Pointer, un joven vendedor de Biblias que también parece pertenecer a la categoría de personas que la señora Hopewell denomina buena gente del campo y que tanta confianza e instinto de protección le inspiran. A diferencia de Hulga, descreída y huraña, acompaña a Pointer una simpleza que se contempla casi con admiración por parte de la señora Hopewell.
Novela breve y con un reducido número de personajes, planos en su mayoría, es mucho más lo que se sugiere que lo que expresamente se dice en La buena gente del campo. En un entorno habitado por personas que actúan con una pretendida mezcla de sencillez e inocencia, ni lo diferente ni lo perverso parecen tener cabida, al menos desde la paternalista perspectiva desde la que la señora Hopewell –cuyo nombre incluye las palabras “esperanza” y “bien”– observa a aquellos menos afortunados que ella. Sin embargo, ni la virtud reside siempre en aquello que a simple vista parece deseable, ni el vicio es sistemáticamente propio de la diferente. El enfoque católico que O’Connor imprime a sus obras invita a indagar en lo más profundo de las personas y a rechazar las consecuencias del nihilismo y la irreverencia que imperan en una sociedad en la que la buena gente no siempre se encuentra donde se espera.
Por Lorena Valera Villalba