Antonio Domínguez Rey | Domingo 24 de julio de 2011
Me refiero al presidente de la XUNTA de Galicia, Alberto Núñez Feijóo. Acaba de hacer una declaración institucional que trasciende el ámbito autonómico y le confiere proyección en Europa y América. El miércoles día veinte de este mes de julio anunciaba en el Monte Gaiás de Santiago de Compostela la apertura de relaciones con la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB) para convertir la Ciudad de la Cultura allí ubicada en referente y puente euroamericano bajo el concepto de “embajada cultural de Iberoamérica en Europa”.
Será la contribución más adecuada, idónea y estratégica de la historia de Galicia desde que España entró en la Unión Europea. Efectivamente, y es argumento que hemos repetido muchas veces, la situación geográfica de Galicia entre las dos riberas del Atlántico, su ascendente antropológico, lingüístico y social, la sitúan por su pasado migratorio en condiciones especiales para dar el paso que se anuncia. Ninguna otra zona o comunidad idiomática de Europa goza del privilegio histórico de haber dado origen a una lengua que se habla en la franja occidental europea y suramericana, oriental africana y, en comunidades más pequeñas, también en sectores asiáticos. El gallego, idioma hoy tan minoritario que ni apenas se cita aislado en el mapamundi de las lenguas oficiales, fue la cuna del portugués, cuya expansión a Brasil convierte a esta lengua en una de las más numerosas del continente americano después del inglés y del castellano, éste conocido internacionalmente como español. El concepto originado por la división política de Portugal y España confirió a la realidad lingüística del noroeste ibérico el nombre de gallego-portugués en la transición de la Edad Media al Renacimiento. Sin embargo, esta denominación va perdiendo en las clasificaciones idiomáticas, de modo injusto, y por efectos de la globalización mental, el primer adjetivo, gallego, del compuesto así formado.
Pero Galicia es además bilingüe, pues el castellano se habla y escribe en toda la comunidad gallega. Tal vez sea el suyo el bilingüismo más acendrado de España. Y esta realidad idiomática la conecta con más de setecientos millones de interlocutores posibles. De ahí la oportunidad política y cultural de considerar seriamente esta coyuntura histórica. Sorprende que no se haya atendido antes.
Cuenta además el hecho, de sobra conocido, de que Galicia está presente en América por razones de emigración desde el siglo XVIII y se desplaza a Europa a lo largo del siglo XX. Dos continentes unidos por la llamada, en un caso, del océano y la tradición, en otro, del Camino de Santiago, cuyas veredas atraviesan Europa de punta a punta y continúan, con su estela, en América.
Era hora, pues, de que algún político se fijara en esta coyuntura. La idea llega en un momento especial de la realidad democrática española, sumida en tensiones inútiles que le restan visión de futuro y la ahogan desenterrando fantasmas que la apartan de la orientación actual europea, además de que la empobrecen. Hacía falta un horizonte diferente, un alza de mira creador, esperanzado. La esperanza de que aún existe hueco en Europa y Occidente para que la voz joven de España se deje oír internacionalmente con proyectos sagaces, innovadores.
Galicia puede darle la vuelta a la situación preocupante de España ofreciendo a la zona euroamericana un proyecto que añada otro sentido a la Península Ibérica en la Unión Europea y nos haga ver y sentir a los españoles posibilidades creativas de futuro. La Comunidad Autónoma gallega ha acumulado durante siglos una experiencia existencial diferente al dar la vuelta al mundo varias veces e interiorizar los caminos de América y Europa desde la necesidad más inmediata que el hombre conoce, la subsistencia. Alguien tenía que ponderar esta experiencia y otorgarle el rango histórico que, en justicia, le corresponde.
Un proyecto de esta envergadura creará en una y otra vertiente del Atlántico nuevas expectativas económicas, culturales, políticas, industriales, comerciales. Debe generar empleo que reduzca considerablemente el índice de paro y abra a través del Atlántico un eje marítimo y aéreo mancomunado.
La decisión del presidente gallego debe atender además al eco suscitado por Brasil en todo el mundo como país emergente, cuya irradiación se extiende a China y Estados Unidos. Y no solo por razones económicas, sino de imagen cultural e idiomática. El español peninsular está sufriendo un cambio de orientación en América del Norte a pesar de las encuestas e índices sociológicos que nos dicen lo contrario. Por una parte, hay rechazo positivo del idioma español en varios sectores de la comunidad norteamericana y, por otra, el presidente actual estadounidense asigna, siguiendo una tendencia inaugurada por William J. Clinton, el futuro del español americano a los hispanos de Estados Unidos. Se está produciendo una frontera cultural entre lo que ya se denomina español peninsular y americano. Y esta división la reconoce Bruselas ante los rostros embobados de nuestros parlamentarios europeos. España se aparta o la apartan lentamente de su historia trasatlántica.
Es una buena ocasión para recabar en Europa el protagonismo que España merece y debiera haber gestionado desde su entrada en la Unión Europea. En Bruselas hay margen y hacienda para subvencionar y suscribir esta iniciativa como corresponde. De nuestros políticos depende.
Por eso debemos felicitar al presidente de la Comunidad Autónoma gallega. Pero al hacerlo, nos felicitamos también nosotros. Los lectores de El Imparcial recordarán probablemente, y si no, visiten la hemeroteca de Opinión, la propuesta que hicimos al Gobierno galaico de esta iniciativa en varios artículos. Y llevamos haciéndolo desde septiembre de 1997, fecha en la que creamos en Santiago de Compostela el proyecto AULIGA con este mismo objetivo, fundar en Galicia, y desde la Biblioteca América, un complejo cultural universitario de irradiación científica, artística, económica, política, industrial, comercial, técnica y mediática como puente y embajada entre Europa y América. Se lo hemos ofrecido repetidas veces a los tres presidentes autonómicos, Manuel Fraga Iribarne -antes de crear la Ciudad de la Cultura, cuya finalidad coincide en todo con nuestra iniciativa-, Emilio Pérez Touriño, quien contaba además entre sus consejeros con un antiguo secretario de AULIGA, relacionado además con Uruguay, y al precitado Alberto Núñez Feijóo. Llueve, pues, sobre mojado.
Y el río de lluvia atraviesa asimismo el Atlántico. La declaración del presidente gallego se hizo ante Enrique Valentín Iglesias García, uruguayo de origen español, actual secretario de la SEGIB e invitado especialmente para la apertura del convenio marco que avalará la iniciativa gallega de “embajada cultural de Iberoamérica en Europa”. A don Enrique le enviamos también hace años el proyecto AULIGA, cuando aún era presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, entre 1988 y 2005, solicitándole patrocinio y mecenazgo.
Nos felicitamos efusivamente porque, al parecer, un presidente político tiene en cuenta, por fin, una iniciativa social auspiciada por un grupo de intelectuales y creadores gallegos, lo cual nos alegra al entender que la sociedad civil adquiere peso ciudadano en la democracia española. Ya era hora, también. ¡Noraboa, presidente!
Y con la felicitación le reiteramos la propuesta que le hicimos por carta y desde uno de los artículos de El Imparcial de celebrar un congreso extraordinario sobre este tema, la irradiación y el significado internacional de Galicia en su contexto histórico. La intención de AULIGA es que tal convocatoria se repita luego en cada legislatura del Parlamento autonómico gallego.