Opinión

Los políticos flirtean con la vanidad

Enrique Arnaldo | Jueves 28 de julio de 2011
Se atribuye a Pío Baroja una genial clasificación de los españoles en siete grupos: los que no saben; los que no quieren saber; los que odian el saber; los que sufren por no saber (que son los menos); los que aparentan que saben, los que triunfan sin saber; y los que viven gracias a que los demás no saben.

Estos últimos se llaman a sí mismos políticos, aunque en ocasiones se denominan intelectuales. A ambos tipos les gusta también dar la apariencia de que saben. Se pavonean ante la creencia en su enorme valor (se venden por lo que creen que valen), se desvanecen ante su talento inconmensurable. Les encanta mostrarse cercanos pues de ese modo pretenden purgar su fatuidad, pero la proximidad les provoca tos irredenta. Se hacen escuchar, son exhibicionistas compulsivos que despliegan sus encantos en público deseosos de hallar el aplauso de la fascinación de los incautos. Sólo se le hace insoportable, como decía Rochefoucauld, la vanidad de los otros porque hiere la propia.

Se ocupan continuamente de sí mismos. Se encierran en su barrio circular pues se encuentran a gusto entre sus socios de palco. Al mirarse en el espejo ven reflejada su magnificencia. En su orgulloso estiramiento de cuello contemplan cómo el universo se inclina ante su gigantesca vanidad (para la que, obviamente, tienen motivos), naciente de elocuencia, ingenio y conocimiento. Lo tienen todo, y por encima de ello su propia estimación y aprecio. Son validos de sí mismos que repiten los versos de Machado:

“El casca-nueces-vacías,
Colón de cien vanidades,
Vive de supercherías, que vende como verdades”

¡Qué maldad! ¡Qué injusticia! ¡Tamaña incomprensión ante una entrega tan noble y sin esperar nada a cambio! ¡Cuanta envidia reflejan las palabras de Ortega en su “Rebelión de las masas” de que en general el político, incluso el famoso, es político “porque” es torpe!. Falso de falsario envidioso. No es torpe quien hace de la entrega al bien común su santo y seña. Su caudal de generosidad es infinita, como lo es su amor a lo auténtico, a lo verdadero. Y para ello ser un poco envidiosete (que no deriva de vano o vacío, por cierto, ¿o sí?) es un simple defectillo excusable. ¿O no?

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