TRIBUNA
Viernes 29 de julio de 2011
Dedico este artículo a mi hijo Álvaro
Estoy por mi profesión bastante acostumbrado a acudir a la ceremonia de graduación de Licenciados. De ahí que narre ahora, con alguna sorpresa, la grata impresión, por novedosa y clara como el agua, que me causó la reciente ceremonia que realizo el Instituto de Empresa y que no resisto contarles con el fin de mostrar que existe todavía una gran calidad asociada ahora a alguna Universidad privada y que, recién llegados al mundo académico, tienen ya bastante que aportarnos a quienes estamos adscritos a Instituciones que tienen varios siglos.
Comenzare por indicar que la organización fue prácticamente perfecta, en tiempo, fijando tanto el momento de entrada como salida. De esta manera, también la finalización del acto estuvo sometida a criterio con lo cual la gestión de tiempos estuvo muy adecuada a lo que se espera de una organización pensada para atender a mil personas.
Asimismo, todos los asistentes, procuraron atender con el mayor decoro, incluso en atuendo personal, el acto, dando por supuesto que contribuirían así también al realce de un acto en que el orgullo de lograr un diploma de éxito, tenía que manifestarse también en los atavíos.
Pero lo que impresionó fue la capacidad de crear “comunidad” que estuvo inmediatamente asociada al acto y que aporta valor a quienes forman parte de ella. Ahí se reconocían entre ellos mismos y lo primero que se destacó fue resueltamente que el acto respondía principalmente al deseo de bautizar con impronta propia a quienes a partir de ahora formen parte del elenco de tal membresía.
Esa idea de que, además de la sociedad existen comunidades, ya claramente establecida por Max Weber, cobraba aquí todo su sentido. Porque puertas afuera, lo que cuenta y es importante es la sociedad, sitio espacial e ideológico donde nos desarrollamos como ciudadanos. Y malo sería que, como pretenden algunos partidos políticos encerrados y encerradores, la sociedad sea una comunidad.
Ahora bien, partiendo de que es la sociedad donde cobra sentido la democracia y la regla pura del Estado de Derecho, una buena organización de la misma — lo señaló magistralmente Ortega y Gasset — es la existencia de vertebración. Y vertebración democrática, basada en Instituciones, unida a la vertebración corporativa basada en meros intereses. La diferencia es capital, ya que desde Hauriou sabemos bien que las Instituciones son centros de gravedad permanente de la sociedad en la que por su prestigio, solvencia, rendimiento de su tasa social de beneficios, por constituir faro para todos y no para unos pocos, por atender a fines trascendentes, jugar al largo plazo, en fin, por resolver incluso de manera difusa las grandes cuestiones relativas al interés general, permiten a todos reposar en ellas y encontrar siempre dispuestas en su seno a ofrecer orientación social permanente.
En el caso de la vertebración por corporaciones, esto es por meros intereses, la gran cuestión es que no se sustituyan nunca, jamás, en el papel de las Instituciones, porque eso lleva a un gremialismo totalmente impropio en una sociedad abierta. Ahora bien, cuando esas corporaciones juegan en el campo de una sociedad abierta, sin querer reemplazar para nada el papel de las Instituciones y más bien colaborando de forma continua en un retículo de aportaciones basadas en el mutuo reconocimiento de sus miembros, entonces cumplen un papel fundamental. Tal es, exactamente, el papel que en la sociedad más democrática de todas, los Estados Unidos, juegan las miles de comunidades de toda clase con la que se conforma también la sociedad en su ámbito micro, dejando para el macro los grandes asuntos generales. Y entre ellas, entre esas corporaciones, muy importantemente están las Universitarias, las cuales logran sin complejos los primeros puestos en el reconocimiento social a partir de su devenir como corporaciones.
La red de miembros, con sus referencias, constituye un activo de primer orden en cualquier comunidad. Es muy anglosajón, ahí están desde los rotarios hasta las famosas alfa — beta-pi- kapa, de las propias Universidades. Y funciona enormemente como red de integración. Porque todos tienen una cultura doméstica común, en la que endógenamente se reconocen a sí mismos como portadores de excelencia, de calidad, de cualidad y por ello generan un “bien club” como es la pertenencia a ese grupo, que sin sustituirse nunca en el papel de la sociedad, sin embargo ofrece apoyo y muelle continuo a todos los integrantes de su red. No excluyen pero sí incluyen y esto es fundamental para disponer de activos en una sociedad tan poco homogénea como es la actual.
Tal es el papel que comprendí estaban jugando en el IE en aquella graduación.
Comenzó con una charla (revaloricemos el término ya) de un excelente Pedro Ballvé que en un ejercicio cordial de modestia, mostró un caso de excelencia empresarial, algo propio precisamente para mostrar en la sede que hablamos. Excelencia compartida y perfectamente imitable, ya que la tarea que mostró está al alcance de quienes con virtudes de siempre, como el esfuerzo, sacrificio, trabajo y desde luego competencia, transparencia y asunción de riesgos, puede lograr realizar y lograr objetivos. Y al mismo tiempo, se trataba de un personaje propio de una cultura empresarial, absolutamente revalorizada en ese contexto y que constituye un ejemplo bueno de lo que también merecería la pena considerar en otras Instituciones, recuperando de una vez por todas el reconocimiento y el modelaje como imitación y ejemplo para los alumnos, de quienes honradamente aportan a la sociedad crecimiento y empleo.
Pero lo que más me llamó la atención, muy positivamente, fue la liturgia final, en la que entregar organizadamente los diplomas, tomó la palabra Guillermo de la Dehesa, para pedir a los asistentes que atendieran, primero, al “Gaudeamus Igitur” que desde el siglo XVIII es himno universitario en todas partes. Y, a continuación, ¡he aquí mi sorpresa!, al igual que había visto en dos Universidades inglesas y en una norteamericana en las que he trabajado, se pidió como brindis final, ¡atención!, atender de pie el himno nacional y como colofón, solicitó quien fuera Secretario de Estado de Economía y Secretario de la Comisión Delegada de Asuntos Económicos (1986-1988) un ¡Viva el Rey!, que fue coreado por todos los asistentes. Cuando se nos da una oportunidad no nos negamos a nosotros mismos, no miramos a la punta de los zapatos como actitud para que nos perdonen no se sabe qué, sino que se mira arriba, de frente y con la normalidad que ofrece el reconocerse a sí mismo sin complejos.
Algún día, con orgullo y sin complejos, también en las Universidades Públicas podrá hacerse un acto semejante.
TEMAS RELACIONADOS: