Opinión

Tres grandes jornadas literarias

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 29 de julio de 2011
Villanueva de Los Infantes, cuya Iglesia de Sto. Tomás de Villanueva, guarda en una húmeda cripta los restos de don Francisco de Quevedo y Villegas, genial, desapacible e inhumano escritor y, a la vez, cruel y despiadado Señor de la vecina Torre de Juan Abad, acaba de celebrar su décimo tercera edición de las Jornadas Literarias que suelen celebrarse alrededor del Día de Santiago, nuestro Santiago de la España eterna y eternamente reconquistadora de su gloria, la nación que más santos a dado a la Iglesia. En esta ocasión las Jornadas han durado tres días. Y aunque aparte de las conferencias de cada día ha habido más actividades literarias y cinematográficas, estas jornadas serán recordadas por tres eventos: el recital que diesen el primer día Agustín García Calvo ( el mayor sabio español vivo ) y su eterna compañera Isabel Escudero, la conferencia pronunciada por el escritor de cuentos y microcuentos y académico, José María Merino, el segundo día y, finalmente, la clausura de estas jornadas protagonizada por el inclasificable y volcánico Fernando Arrabal. Comentemos brevemente estos tres actos.

El egregio zamorano Agustín García Calvo, el hombre más sabio que he conocido, acompañado de su pareja Isabel Escudero, discípula menor y pequeña chispita incapaz de transmitir en su plenariedad la inmensa hoguera que es y ha sido García Clavo, trató que de su boca políglota, remedo de la boca del dios Og, saliese sólo la voz anónima del pueblo sin gentilicio concreto, es decir, la voz universal del lógos ( entendido como Heráclito y Filón ), aquello que está por debajo de las personas. Y para ello utilizó la poesía popular ( es decir, anónima ) cantada primorosamente, a pesar de pasar con holgura los ochenta años, la anterior a Berceo y la que corre grandiosamente fresca y sempiternamente paralela a la poesía de los poetas personales. Como paradigma recitó y cantó poemas amorosos y algún precioso romance navideño de las tierras zamoranas de Aliste. La conclusión que sacamos fue que siendo excelsa la poesía popular, la poesía que pudiera expresar el lógos alejandrino, la poesía de Dios o del pueblo, que es lo mismo, no llega a la sublimidad estética y académica de la poesía de autor. El propio García Calvo tiene como mínimo doscientos poemas que superan en calidad estética y en hondura de sentido a la poesía popular que, no olvidemos, siempre ha tenido un autor, olvidado o sin ningún interés por introducir su nombre en la Historia de la Literatura. Toda poesía es personal, mal que le pese a mi admirado amigo y maestro, y el lógos – también el alejandrino - sólo sopla a los oídos de las personas particulares, aquéllas que lo esperan con los oídos abiertos. “¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen”, dijo el Señor a quienes estaban abiertos al lógos, como lo ha estado siempre Agustín.

La segunda jornada consistió en una conferencia del escritor leonés José María Merino. En ella intentó demostrar muy pedagógicamente las diferencias que existen entre un texto escrito normal y un texto literario. Todas las diferencias que fue desgranando ya las habían dicho siglos antes Aristóteles, Horacio, el autor del Perì ýpsous, Córax, Gorgias, Cicerón, Ausonio, Sidonio Apolinario, Guillermo de Champeaux, Abelardo, los “modistae”, los padres jesuitas Núñez, Susius y Suárez, Boileau, Dumarsais, y recientemente Genette o Roland Barthes, sólo que con más gracia y hondura. Todo lo que dijo fue una versión mediocre y pobre de la gran retórica clásica. Y aunque estuvo gracioso en la comparación que hizo entre un texto de prospecto farmacológico – la aspirina – y un microcuento suyo basado en un atestado de la Guardia Civil, cada día nos parecen más crípticos los criterios que tiene la Academia para elegir por cooptación a sus miembros. La literatura siempre será una desviación amorosa en el uso “normal” de escribir, aunque se dé la creativa paradoja de que la Norma misma viva de vocablos y giros producidos por el uso literario del lenguaje, siendo precisamente la literatura la que fabrica el lenguaje que la norma embrida y domestica. El mayor motor del lenguaje literario es, como ya declarase Horacio en su “Epistula ad Pisones”, la “callida iunctura”; es decir, la unión de palabras comunes y corrientes, pero que circulan en universos o campos semánticos muy distintos. “In verbis etiam tenuis cautusque serendis/ dixeris egregie, notum si callida verbum/ reddiderit iunctura novum” ( De Arte poetica, vv. 46-48 ).

La traca final vino con Fernando Arrabal, quien se dio a sí mismo como pura literatura, sátrapa principal de la patafísica, la ciencia que resuelve problemas imaginarios, patriarca del teatro pánico, emperador forzado del surrealismo, príncipe de fulgurantes patáforas. Bravo, valiente y hasta temerario. Genial siempre incluso más allá de sí mismo, que es chorro de fuerza. Sempiternamente dotado de una pureza moral que lo acerca a una especie de virginidad infantil. Le preguntamos si era cierto que la mayor parte de su obra la ha escrito en francés y que, luego, su eterna novia, allí presente con sus ojos de inteligencia tan penetrante como la punta de un diamante, la traducía al español. Y nos contestó: “Eso no es importante”. Arrabal nos transporta con su sempiterno optimismo arrollador en el tiempo a través de sus sueños recurrentes, con el vehículo de su excelsa literatura, ligero tílburi tirado por un Pegaso supersónico, y nos asegura contento que si todavía no nos transportamos en el tiempo, en el mundo real fuera de los sueños, es sólo por falta de presupuesto, porque la Física, la otra Gran Literatura, ya lo sabe hacer. Y entonces pensamos tristes que con “lo que está cayendo”, se tardará todavía bastante en reunir ese Presupuesto económico, en conseguir el montante suficiente de vil metal que nos devuelva a la infancia, a la adolescencia o al lugar de los muertos, del que habla nuestra sabia liturgia cristiana. Mientras tanto, Arrabal, el joven Arrabal de casi ochenta años, sigue viajando en el tiempo en la rosa de papel de su poesía, cuyos pétalos va deshojando entre el auditorio absorto, y a mí me cae uno, sin duda el más importante, el más blanco pétalo:

“(…) ¿O es que estoy soñando?
Mi padre, como un rayo supersónico, sale del pasillo de la
muerte del Penal
del Hacho.
Sé que vamos a besarnos en el fondo del firmamento entre
cataratas de arena.
¿O es que estoy soñando?
Desternillándose Cervantes y Gustavo Adolfo Bécquer pasan
como bólidos.
Teresa de Ávila
vuela a bordo de un cohete de la NASA
gracias a su perfusión de oxígeno en la nariz.
¿O es que estoy soñando?
Los patafísicos corren
con un eco pánico que se puede masticar.
Yo mismo desaparezco y aparezco irreconocible para mí mismo.
¿O es que estoy soñando?
Dios me traga y me proyecta.
¿O es que estoy soñando?(…)”

Terminan Las Jornadas. Y nos vamos sin saber las sesudas razones que llevaron a conceder el Premio Nobel a un mediocre comediante como Darío Fo, de pensamientos prestados por su ideología momificada, y cómo no se le ha concedido aún a este Titán de España que se llama Fernando Arrabal. Pero nos vamos tampoco sin entender cómo es Académico de La Real un José María Merino, y no lo es desde hace cuarenta años el sátrapa zamorano Agustín García Calvo.

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