José María Herrera | Sábado 30 de julio de 2011
Tras ocho años de gobierno en los que el partido socialista ha tratado de imponer a la nación su superior comprensión de todas las cosas, apenas queda un rincón de la vida pública española por el que no campe la desavenencia. Esto incluye a los centros de investigación y los laboratorios, otrora remansos de paz. Cómo será la cosa que dos publicaciones de relumbrón, Nature y Sciencie, han dedicado sendos artículos a los desencuentros entre Mariano Barbacid, nuestro científico más prestigioso, y Cristina Garmendia, ministra del ramo. La pelotera parece haberse saldado, como siempre, a favor de la burocracia, y aunque hay ya quien evoca aquello de “qué buen vasallo si hubiera buen señor”, la gente de progreso repite con satisfacción que el triunfo de las instituciones constituye una victoria de la voluntad popular.
Yo no he seguido de cerca la pelotera. A mí la ciencia me parece una cosa tristísima y poco útil. La poesía, la teología, la filosofía sirven para algo, pero: ¿qué demonios se puede hacer con la física o la química? Los amigos con que discuto esto insisten siempre en la deuda de gratitud que hemos contraído con quienes han hecho factible que nos puedan introducir una cámara en el recto para explorarnos la próstata y cosas por el estilo, pero aunque sean, no lo negaré, argumentos impresionantes, no terminan de convencerme. Acaso para quien tenga atrofiada su potencia espiritual este tipo de cosas resulte algo extraordinario, pero convendrán conmigo que poco tiene que ver con la utilidad. Útil, lo que se dice útil, sólo es lo que eleva el alma y la llena de luz, algo que hasta ahora jamás ha hecho la ciencia.
Al igual que el señor Zapatero, la ciencia pretende para sí el privilegio de entender qué es y cómo funciona la realidad. Verdad que nuestro presidente no está en situación de ofrecer nada que lo demuestre. Su mayor activo político, la proclamación de unos derechos que luego no puede garantizar, no pasará a la historia como ejemplo de pericia. Por supuesto, a la ciencia también se le podrían hacer objeciones, (piensen, por ejemplo, en la aventura espacial, el peor negocio de todos los tiempos, o en el rollito de las estadísticas y los porcentajes bajo los cuales se oculta el hecho de que nunca antes fallecieron tantas personas de hambre y miseria como ahora), pero el balance entre pérdidas y ganancias resulta a la postre favorable. Equipararla con un gobierno cuyo único éxito es haber contribuido a desdibujar las diferencias sexuales es, sin duda, un burdo exceso retórico.
Obviamente no es esto lo que piensa la señora Garmendia de la ciencia. Estaría bueno que fuera así. A la ministra, la ciencia presumiblemente le parece muy bien, sobre todo si está al servicio de la verdad, esa superior concepción de las cosas que maneja nuestro presidente. Digo “presumiblemente” porque, a pesar de la franqueza de su sonrisa, tan diferente de la de sus colegas –en el gabinete hay ministras que jamás sonríen o que lo hacen como dolorosas, otras que en vez de sonreír producen un rictus sarcástico y una que más que reír parece llevar una máscara de carnaval- es una mujer hermética. Su discreción burguesa, esa grácil elegancia de buena familia de la que carecen sus colegas, víctimas de estilistas y diseñadores de moda, le ha permitido guiar la barquichuela de la ciencia española sin llamar la atención de nadie hasta la rebelión del pirata Barbacid, por así decir.
De hecho, sólo tres cosas han trascendido de sus años de mandato: la fuga masiva de cerebros, algo que habría que agradecerle porque una de las peores cosas que le puede pasar a un español es tenerlo; la trifulca con Barbacid, quien se ha atrevido a denunciar la pueblerina estrechez de miras de nuestro gobierno y que ha sido tratado por este como un charlatán que embauca a la opinión pública con promesas incumplibles; y el desvío de la calderilla dedicada a la ciencia a labores industriales de segundo rango –rendimiento de deportistas, innovación gastronómica o producción de genéricos- de acuerdo con el tácito principio de que hay una vía intermedia entre el que inventen ellos de Unamuno y la copia china: copiar a los chinos, o sea, no investigar más que en bienes de consumo.
El balance ya se verá. Por ahora no debemos esperar nada de nuestra ciencia, aunque siempre puede surgir un francotirador que, soslayando la mediocridad del sistema educativo, la mezquindad del Estado y la rapacidad de la empresa privada, llegue a hacer algo notable y, por descontado, inútil. Otra cosa son los beneficios. La imitación a la china, lo que podríamos llamar “el negocio del genérico”, a lo mejor resulta muy rentable, especialmente para aquellos que, debido a su buena información, fueron capaces de colocarse a la altura de los tiempos. Claro que ese no es mi caso y como no lo es, diré lo que Catón: “sólo el marido, el hombre que lleva el zapato, puede decir dónde le hace daño”.
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