Domingo 31 de julio de 2011
Las nuevas protestas de ciudadanos sirios se han saldado con una veintena de muertos, a manos de las fuerzas de seguridad. Se unen así a otros tantos -las cifras son difícilmente cuantificables- que han perdido la vida durante los últimos meses. Conviene recordar que los sirios tienen cercenada la prerrogativa de manifestarse en público desde hace cuatro décadas, cuando se prohibieron las manifestaciones públicas. El régimen autoritario de Hafed al-Assad se ha perpetuado en la figura de su hijo Bashar quien, aunque con unas formas algo más cuidadas, sigue practicando la misma política autoritaria en contra de la que se están alzando en una gran parte del mundo árabe.
No obstante, el caso de Siria merece especial atención. Junto con Irán, sostienen a una organización terrorista como Hizbolá, cuyos esfuerzos se alternan entre el hostigamiento a Israel y el copar todo el poder posible en Líbano. Es precisamente en este país donde Siria ha llevado a cabo una injerencia tan explícita como perjudicial para los propios libaneses, que han tenido que asistir impotentes en más de una ocasión cómo su país se convertía en un campo de batalla donde sirios e israelíes dirimían sus diferencias. La implicación de Siria en asuntos terroristas desde hace bastante tiempo es un hecho constatado. Posiblemente, de haber una democracia real, eso cambiaría. Del mismo modo, un régimen que no fuese el sustentado por el partido Baaz -el mismo que el de Sadam Hussein en Irak- y sí por formaciones con postulados más racionales optaría por el entendimiento con sus vecinos en lugar de la confrontación. De ahí que resulte vital el que los sirios logren avanzar por la senda de la democratización. Todo el apoyo que se le pueda brindar a este tipo de iniciativas redundará en la mejora de la estabilidad de la zona.
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